Revista Noticias
5/02/11

La formación de los que influyen

Educación: VI ¿Cómo se hicieron a sí mismos los argentinos más exitosos? ¿Dónde estudiaron y cómo les fue? Luciana Vázquez, periodista especializada en educación, consultó a líderes de distintas áreas para responder estas preguntas.Esta semana, la historietista Maitena declara que odiaba estudiar y hasta le iba mal en Dibujo. Y el CEO de Ternium (Techint), Daniel Novegil, explica cómo se decidió a lograr un máster en Stanford en una época en la que solo lo intentaban los hijos de ricos.

MAITENA "En el colegio no logré aprender nada"

Para la historietista, el origen de todo está en la familia numerosa en la que creció. De las ocho escuelas por las que pasó, no le quedó nada. Es más: la echaron dos veces, repitió otra y nunca terminó el secundario.

"Eramos siete hermanos. Yo era la sexta." Maitena llegó al mundo poco menos que un año antes que el menor de sus hermanos.
Entre el mayor y el último de los chicos Burundarena hay tan solo nueve años de diferencia. Y entre cada uno de los siete hermanos, no más de once meses. "Creo que la familia numerosa y el lugar que ocupaba en esa familia condicionó muchísimo toda mi vida".
El conocimiento del alma de las mujeres y los hombres se armó de a poco en esa especie de aula hogareña.
Desde el primer día de su existencia vivió rodeada de mucha gente en cada minuto de su intimidad en la casa paterna. "Esa situación te da un conocimiento profundo del otro". Hubo otra cosa de la infancia y la adolescencia que moldeó el carácter de Maitena. En la casa había "una tremenda biblioteca".
El culto a los libros, el interés por el arte eran verdaderos.
Burundarena y su esposa leían mucho. "Yo creo en la educación que viene por la familia. Porque los chicos son monitos: en definitiva, todos nos parecemos mucho a nuestros padres. En lo bueno y en lo malo. Y mis padres eran inquietos". Mucho antes de que se convirtiera en el patriarca de una familia numerosa, Carlos Burundarena había sido un estudiante de Ingeniería. Venía de una "clase media paquetita", de padre no profesional, dedicado a la administración de empresas y campos.
Ianina Strev, la mamá de Maitena, era, en cambio, una chica de "clase baja", polaca, de Dock Sud. La madre de Ianina era ama de casa. Su padre, sastre. Ya recibida de arquitecta, la chica de Dock Sud empezó a trabajar en la Fundación Eva Perón. Después se casó. Después se dedicó a tener chicos. "Mi padre era muy católico. Mi madre no, pero se dejó llevar." Burundarena se recibió en ingeniero pero se dedicó a la educación. La formación profesional técnica, la Universidad Nacional Tecnológica, de la que fue rector, fueron parte de su vida, desde muy joven. En 1981 se convirtió en el ministro de Educación de la Nación, durante la presidencia de Viola, en la última dictadura. "Para mí fue muy doloroso", recuerda Maitena.
A Maitena no le gustaba ser chica. No la pasaba bien.
Le pesaba la cosa "formateada". "Quería ser más grande.
Más independiente. Ya no aguantaba más el ritmo de mi familia. Desarrollé esta cosa del humor y la velocidad mental y del chascarrillo como un recurso para que me dieran bola en la mesa de mi casa. Creo que empecé a decir cosas para llamar la atención. Y lo logré".
PERIODISTA: Era un espectáculo.
Maitena: Era el pequeño personaje de la familia. Eso me ponía un nivel de presión total. Con eso, cada uno hace lo que puede. Después crecí muy rápido porque a los diecisiete años fui madre.
Con ese dato, Maitena cierra el balance.
PERIODISTA: ¿Y en el medio qué? ¿Fue a la escuela? Maitena: Yo fui a ocho colegios.
De esos ocho, recuerda el nombre de siete pero hay uno que se le escapa. El periplo escolar de la humorista empezó en sala de tres, cuando entró al jardín de la tía Susa, en Bella Vista. De allí pasó al primer grado del Santa Ethnea, también en Bella Vista, colegio de las Hermanas de la Misericordia, monjas irlandesas.
Allí habían ido sus hermanas. Cree que había inglés: "De todas formas yo no logré aprender inglés". En el Santa Ethnea, Maitena terminó segundo grado. La pasaba bien con las monjas y también con sus compañeras. Pero en tercer grado su padre la cambió a una escuela mixta de monjas para niños pobres. Burundarena se convirtió en benefactor de esa escuelita. "Mi padre siempre laburó mucho con la educación y por supuesto, como buen educador, no se ocupaba mucho de la educación de sus hijos. Entonces, además de donar la biblioteca, dinero y no sé qué, me mandó a mí como piloto de prueba".
Maitena no recuerda siquiera el nombre de aquel colegio.
Allí hizo hasta cuarto grado. Después vino la mudanza a Montevideo y Posadas, en Recoleta. Ella ya era una chica de diez años.
Fue entonces a un colegio de monjas que estaba frente a la Embajada de Israel. Ahí hizo quinto y sexto grado hasta que la echaron por mala alumna. El fin de la primaria llegó en el colegio de las Hermanas franciscanas Misioneras de María.
El inicio del secundario arrancó en el Colegio Misericordia, de Azcuénaga y Peña. No pudo pasar de año. Justo entonces los Burundarena se mudaron otra vez, de regreso a Bella Vista, donde Maitena retomó el secundario en el Santa Ethnea. Allí fue donde hizo primer año de vuelta. Otra vez se llevó todas las materias pero las rindió todas entre diciembre y marzo. Se llevó trece materias, aprobó nueve en diciembre y cuatro le quedaron para marzo. Pasó a segundo año pero la cosa no mejoró: otra vez volvió a llevarse las trece materias. "Era como si no hubiera ido al colegio. Para mí, el sistema educativo estaba mal de entrada".
"Mi padre me hablaba de toda la plata que tenía que pagar en el Santa Ethnea. Hasta que le dije que no me mandara más, que me iba a la escuela pública de Bella Vista. No quería que me torturara más con el tema de la cuota". Así fue como hizo tercer año en el Colegio Nacional de Bella Vista. Pero quedó embarazada y las autoridades
del colegio le comunicaron oficialmente que no podía seguir yendo a clase. El colegio no admitía alumnas embarazadas y Maitena era una embarazada de tercer año. A mitad de año dejó ese Nacional. No está del todo segura pero cree que finalmente rindió el año como libre.
El cuarto año la encontró ya madre en la Escuela Modelo de Bella Vista, donde finalmente fue feliz. Terminó cuarto y empezó quinto pero el mundo laboral la sedujo a mitad del último año y nunca se recibió de bachiller.
Debe y haber. Memorias del Santa Ethnea de primaria: "Divinas las monjas. Unas tipas muy inteligentes, muy abiertas. Usaban unas polleritas grises con unos bremers grises. Eran profesoras. Muy piolas. Eran monjas muy de avanzada. Igual en el colegio no logré aprender nada.
No me entra, no me entra, no me entra".
Memorias del colegio de monjitas frente a la Embajada de Israel: "No entendía. No prestaba atención. Yo iba al colegio a hablar, a dibujar, a hacer chistes. Nunca me gustó estudiar. Nunca estudié en toda mi vida. Lo tuve que hacer para rendir exámenes libres y lo sufría. De este colegio, me echaron. Yo era muy mala alumna".
El año en el Misericordia de Azcuénaga y Peña no dejó huella.
Del secundario en el Santa Ethnea tiene recuerdos pero no son buenos: "Mi hermana mayor era la mejor alumna de todo el colegio. Mis hermanos eran rebuenos alumnos. En casa se comparaba el boletín y se armaban categorías según la edad. Cuando yo volví en primer año al Santa Ethnea, las profesoras me decían: ‘Burundarena, hermana de Marisa, un honor para mí tenerla en la clase’. No sabían lo que les esperaba. Otra vez me llevé todas. Lo peor de todo es que iba y las rendía.
Una de las materias por la cual había repetido fue Actividades Prácticas. No podía ser que aprobara Física o Historia pero que la de Actividades Prácticas me pusiera un 2 porque no tejí un escarpín. El sistema me parecía con agujeros por todos lados".
PERIODISTA: ¿Sentía que la escuela no tenía cabida para sus verdaderos intereses o vivía ese desajuste con total inconsciencia? Maitena: Era totalmente inconsciente. Lo que sí sentía era que yo no era bruta, que era mucho menos bruta que mis compañeras del colegio. Pero tener que estudiar para el colegio me parecía un embole.
PERIODISTA: Es como si absolutamente ninguna de las catorce materias le despertara el más mínimo interés.
Maitena: Hasta dibujo me llevaba. Porque no tenía la carpeta, no la hacía. También es verdad que tuve una adolescencia muy tumultuosa. Vivía en la calle para que me pasaran cosas. Novios, amigas, bandas de chicos, robar algo menor, pedir plata, fumar, tomar. Mi padre estaba desesperado. Me retaba. Lo único que hacía era retarme: entonces yo me iba de la escuela. Me iba mucho.
Era una niña problema total. Me iba mucho de mi casa.
Fui una pesadilla para mis padres. La vida de escuela pública del Nacional de Bella Vista logró capturarla. "Me divertí mucho en ese colegio. El edificio había sido antes un mercado. No sabés lo que era. Fuerte Apache total. Me hice muy amiga de toda la gente. Con varones de nuevo.
Una cosa más real. Tenía un compañero que el padre era carnicero y tenía un Torino blanco y me llevaba a casa en el Torino. Tenía compañeros de dieciocho años, gente grande. Siempre estaba la superalumna, esa chica de clase social baja pero que después fue médica pero capa, un cráneo. Siempre me llevé bien con las buenas alumnas. Ahí quedé embarazada del novio que tenía desde los catorce años. No era compañero de la escuela".
La última etapa de la escolarización de Maitena en la Escuela Modelo de Bella Vista coincidió con su maternidad. "Era una escuela privada discretita a dos cuadras de casa, donde me permitían tener una hija.
Me tocaban timbre a las 12 y yo salía. Los demás salían 12.15. Porque yo tenía que ir a darle de comer a mi hija Amaya. Había mucho respeto en ese colegio. Para la mitad de mis compañeros, yo era una heroína. Tenían una compañera que era mamá. Y para la otra mitad, era una puta".
PERIODISTA: ¿La ponía triste esa situación? Maitena: No, estaba refeliz. Hice cuarto ahí. Quinto, no. Ya empecé a trabajar.
PERIODISTA: ¿Por qué piensa que el colegio nunca fue inspirador para usted? Maitena: Capaz que los colegios a los que yo iba eran un embole. Yo no creo mucho en los colegios. Y tengo teorías para eso. Cuando le preguntás a gente que yo conozco y respeto por su formación, la respuesta es: cero colegio conocido, la escuela pública de Villa Crespo, el Normal cualquiera. Buenos alumnos de colegitos cualquiera.
Y las mujeres que conozco de grandes colegios, son todas amas de casa con maridos abogados.
Todas esposas bilingües, choferes de sus hijos.
PERIODISTA: Quizá con la avidez que usted tenía, si hubiera encontrado un colegio inspirador, podría haberlo aprovechado.
Maitena: Para mí todo pasa más por la familia y la casa. Un chico que va a la Argentina Modelo y en la casa no leen, ese chico no va a ser lector pero va a jugar rugby y estudiar marketing. A mí la cultura me interesa de otra manera. Los títulos me chupan un huevo.
PERIODISTA: ¿Qué cosas valdría la pena aprender sistemáticamente? Maitena: No me jacto de no haber estudiado. Me hubiera gustado saber más gramática y saber idiomas. Me da muchísima vergüenza por ejemplo ir a Francia y no entender un carajo. Te limita el mundo. Me gustaría saber tocar el piano, la guitarra. Eso me hubiera gustado. Pero los ríos del Norte y tener el título de bachiller de los ríos del Norte no me interesaba nada, nada, nada

DANIEL NOVEGIL "Siempre tuve claro que quería ser un número uno"

Es el CEO de Ternium, el poderoso conglomerado del grupo Techint.
Toda su educación la hizo en el sistema público. Fue abanderado.
Consiguió su primer trabajo gracias a su promedio académico.

"La educación que recibí ha tenido un enorme impacto en mi vida y en el éxito en mi carrera", afirma el ejecutivo Daniel Novegil. "Ese proceso empezó en casa, en el entorno familiar. Reconozco una influencia muy grande de mi padre en la contracción al trabajo y la perseverancia. Murió cuando yo tenía dieciséis años. Se llamaba Agustín. Era técnico industrial y trabajaba en YPF".
PERIODISTA: ¿Y su madre? Daniel Novegil: La influencia de mi madre es más extensa.
Era profesora de Literatura y de Historia Argentina. Se negó siempre a trabajar en colegios privados en una época en que la educación argentina era preponderantemente estatal y pública. La educación pública tenía prestigio.
PERIODISTA: ¿Cómo se llama su madre? Novegil: Argentina. Daba clases en colegios secundarios.
Influyó mucho en mi gusto por la historia argentina, del cual me hice un lector permanente, y en el gusto por la música, por la literatura, por la filosofía.
PERIODISTA: ¿En qué barrio creció? Novegil: Vivía en Avellaneda. Hasta que me recibí de ingeniero industrial, toda mi educación se desarrolló en instituciones públicas de Avellaneda. El primario, en la Escuela Número 22. El secundario, en la Escuela Normal Próspero Alemán (ENPA), que era muy prestigioso y muy estricto. Se entraba con examen de ingreso. Creo que el examen de ingreso garantiza mecanismos de meritocracia que después redunda en mejores procesos educativos.
Después entré a la Universidad de Buenos Aires.
PERIODISTA: ¿Cómo fue su secundaria? Novegil: La Escuela Normal Próspero Alemán (ENPA) era mixta. Era un colegio público que te exponía a una competencia interesante. Se mezclaban clases sociales, ambiciones, predilecciones. El colegio no direccionaba el perfil de los chicos.
PERIODISTA: ¿Por qué ir a una escuela pública que tenía examen de ingreso? Novegil: Fue una decisión compartida con mis padres.
Ellos siempre me plantearon un objetivo de excelencia.
"Entrá al mejor colegio".
PERIODISTA: ¿En su casa estaba ese discurso de la clase media sobre el ascenso social a través de la educación? Novegil: Estaba el discurso de que no podía ser otra cosa que profesional. Mi padre estudió Ingeniería Industrial pero no se recibió. En mi barrio, el mejor colegio era el ENPA.
PERIODISTA: ¿Cómo le fue en ese colegio? Novegil: Me fue muy bien. Fui abanderado. No tuve en toda mi carrera ni un bochazo. Ni en el primario, ni en el secundario, ni en la universidad ni en ningún lado. Es una exigencia que siempre me fijé. Siempre estuve en el 5 por ciento de los mejores en rendimiento académico.
PERIODISTA: ¿Eso aumentaba su autoestima? Novegil: Absolutamente. Me daba la sensación de logro, de brillo personal.
PERIODISTA: ¿El deporte ocupó algún espacio en su formación inicial? Novegil: Hice fútbol toda mi vida. Por el barrio, el potrero y en el colegio, el fútbol era dominante. También jugaba al básquet y algo de rugby.
PERIODISTA: ¿Cómo aprendía a través del fútbol? Novegil: Por la convivencia, la competencia, el trabajo en equipo, la necesidad de interactuar, la diferencia entre la competencia y el tercer tiempo.
PERIODISTA: ¿En el secundario ya sabía que quería ser ingeniero industrial? Novegil: Lo tuve claro el último año. Pero el secundario me ayudó a identificar cuáles eran las materias en las cuales me destacaba y me sentía más cómodo: en Matemática mucho más que en Historia y Literatura. Entonces pensé que tenía ventajas comparativas con los números. Y como me interesaba destacarme, me pareció que era adecuado explotar mis virtudes antes que dedicarme a las cuestiones para las cuales tenía una vocación mayor desde el punto de vista del interés intelectual pero no desde el punto de vista de la aptitud. A mí me gustaba mucho leer historia argentina, literatura y filosofía pero no me veía ahí.
PERIODISTA: Su padre le había mostrado un camino: él era un técnico que había querido terminar su carrera.
Novegil: Pero sobre todo influyó en mí la idea de que tenía que ser exitoso. Y es más fácil ser exitoso en aquello para lo que tenés actitudes y aptitudes. Si me hubieran hecho un test de orientación vocacional, me habrían recomendado que siguiera abogacía o alguna carrera que potenciara la parte más humanística, de mi predilección.
PERIODISTA: Pero prefirió Ingeniería. Entró a la UBA, también con examen de ingreso.
Novegil: Un examen muy duro. Era 1970. Entré tercero en el orden de mérito entre 3.500 o 3.700 aspirantes. Y en la UBA me fue muy bien. Me recibí en 1975 con 7.5, que para Ingeniería y para la UBA en esa época era muy alto.
Pero no era un nerd. Salía, tenía novias.
PERIODISTA: ¿La política le interesó en algún momento? Novegil: No tenía una militancia activa pero tenía predilección por el peronismo. Por mi formación histórica, por ciertas lecturas revisionistas.
PERIODISTA: ¿Cómo le llegaban esas lecturas? Novegil: Como mi mamá era profesora de Historia, en la biblioteca familiar estaba la historia liberal. Leí mucho
a Mitre, a Levene. Pero también leí la otra mitad de la biblioteca, la revisionista.
PERIODISTA: ¿Era importante la biblioteca de su casa? Novegil: Era muy muy grande. Mi mamá leía mucho.
Ella también me trajo a los filósofos, a Camus, a Herman Hesse, a Nietzsche y fundamentalmente a Séneca.
PERIODISTA: Usted hizo estudios de posgrado.
Novegil: Los años de educación en el extranjero fueron claves. Tengo un master of Science in Management por la Universidad de Stanford.
PERIODISTA: ¿Cómo se le ocurrió a un chico de clase media trabajadora, en una época en que los posgrados no estaban tan generalizados, hacer un máster afuera? Novegil: Había muy pocos argentinos que seguían estudiando en el exterior y los que lo hacían tenían algún legado paterno o mucha plata.
PERIODISTA: Exacto. Entonces, ¿cómo fue en su caso? Novegil: Siempre tuve en la cabeza que tenía que tener niveles de excelencia. Yo quería ser el mejor.
PERIODISTA: ¿Algún profesor había hecho un estudio afuera? Novegil: La facultad del Estado de esa época no se nutría de másters en Business Administration (MBA) para dar sus clases. La influencia no vino de la universidad. Vino de la vida: qué es la excelencia y adónde tengo que llegar para encontrarla y usarla y crecer y tener éxito. Porque lo que yo quería era tener éxito.
PERIODISTA: ¿Le preocupaba que el máster retardara su ingreso al mercado de trabajo más competitivo y más corporativo? Novegil: Siempre creí que el camino más esforzado y difícil era el camino que te llevaba más lejos.
Entré a trabajar en Dupont cuando me recibí porque tenía muy buen promedio. Después empecé a trabajar en Techint también por el promedio.
Me pude haber quedado con eso.
Hacía una vida muy cómoda. Ganaba bien, estaba casado, era feliz.
PERIODISTA: ¿Cómo entró a Dupont? Novegil: Por una búsqueda de los mejores promedios de la facultad. No por conocidos.
Después entré a Techint porque respondí un aviso de un diario. Empecé a trabajar en Techint en el "78. Yo buscaba la excelencia: dónde era lo más lejos que podía llegar y cuáles eran los caminos.
PERIODISTA: Y ese lugar era ser un CEO.
Novegil: Yo quería ser un número uno.
PERIODISTA: ¿Lo tenía clarísimo? Novegil: Sí, sí. Empecé mi carrera y me preguntaba qué quiero ser. Bueno, qué se puede ser además de dueño porque dueño no voy a poder ser. Y veía al tipo que tiene más responsabilidad, más poder, más posibilidades de cambiar las cosas: el CEO. Uno de los requisitos era contar con un máster. Yo hablaba muy bien inglés. Había estudiado en el colegio secundario pero además mi mamá siempre me había mandado a clases particulares.
PERIODISTA: Con esta idea de que para tener éxito también hay que saber inglés.
Novegil: Sí. Muy clásico. Las profesoras particulares de inglés estaban en todos los barrios. Yo llegaba del colegio y mis amigos se iban a jugar fútbol a la esquina. Yo agarraba los brolis y me iba a estudiar inglés a la profesora del barrio.
Salía y todos me cargaban.
PERIODISTA: El máster lo hizo mientras estaba en Techint.
Novegil: Con mis ahorros podía pagar Stanford, pero me ofrecieron un deal. Techint me mantenía el sueldo y me pagaba el máster y yo debía sostener el compromiso moral de volver a Techint.
PERIODISTA: ¿Por qué Stanford? Novegil: Había leído que en los Estados Unidos contaban con estadísticas que demostraban que los CEO eran en general graduados de Harvard, de Stanford, del MIT, de Columbia, de Cornell y de Wharton. Y apliqué a las seis, me admitieron en cuatro y elegí una, Stanford. Eso fue en el "83, "84. Tenía treinta años. Después estuve en Wharton haciendo planeamiento estratégico; en el MIT lo mismo y un mes en Japón.
PERIODISTA: ¿A qué escuelas fueron sus dos hijos? Novegil: Ellos hicieron primaria y secundaria en el Victoria College, en la calle Seguí, un colegio privado mixto. Agustín, que tiene veintisiete años, estudió en el ITBA y es ingeniero.
Valentina estudió Administración en la Torcuato Di Tella. Parte del secundario de Valentina coincidió con nuestra mudanza a Venezuela, así que ella fue a la Escuela Internacional de Caracas, que es estadounidense.
Elegimos el Victoria College porque reunía una serie de condiciones: tiene buen nivel de inglés y estaba relativamente cerca de casa. Además yo quería que fuera un colegio de clase media. Y la educación pública en la zona donde nosotros vivíamos ya había perdido su prestigio.
PERIODISTA: ¿Un máster es importante para diferenciarse o realmente aporta conocimiento? Novegil: Nunca lo vi como una cuestión curricular. Yo apuntaba al saber. Siempre creía que para tener éxito, debía alcanzar un nivel de educación superior. Creía que lo mejor que había en el planeta eran los posgrados de los Estados Unidos.
Entrar a un MBA de los mejores es un indicador de que sorteás dificultades más altas que el promedio.
PERIODISTA: Cuando hoy recluta gente, ¿qué es lo primero que mira en su currículum? Novegil: La performance académica. Me gusta que se hayan recibido en los tiempos adecuados.
PERIODISTA: ¿Señal de qué es eso? Novegil: De prolijidad, de compromiso, de esfuerzo, de foco. De saber priorizar. La universidad es una prioridad en la vida. Hay que ponerla antes que el fútbol.
PERIODISTA: ¿Y si alguien tardó más en recibirse porque tuvo que trabajar durante sus años de estudio? Novegil: Lo miro, lo observo y lo corrijo. El tema es que no se vaya mucho de cauce. Las notas también son relevantes, la cantidad de bochazos que tuvo. Y después la entrevista personal. No hay nada para mí que reemplace la interacción.
Porque las demás herramientas se ecualizan: todos tienen un MBA, todos hablan inglés, son todos iguales.

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