En los medios

Clarín
18/02/19

Izquierdas y derechas confundidas, de cara a las próximas elecciones

Martín D'Alessandro, profesor visitante del Dpto. de Ciencia Política y Estudios Internacionales, escribió sobre la competencia política nacional y el mapa político argentino en año de elecciones. "La izquierda y la derecha no ordenan automáticamente las disputas políticas de la Argentina", opinó.

Por Martín D’Alessandro
Se está instalando en la opinión pública que en una eventual segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2019 el electorado argentino tendrá finalmente que decidir entre la izquierda y la derecha.

Esa muy atractiva lectura del mapa político es promovida por unos actores interesados y descalificada de plano por otros, pero ambos extremos conspiran para comprender la configuración de la competencia política nacional.

Los conceptos de izquierda y derecha son, aparentemente desde que jacobinos y girondinos se sentaron de esa forma en la Asamblea luego de la Revolución Francesa, referencias universalmente útiles como atajos intelectuales para decodificar, a grandes rasgos, posiciones políticas.

Hoy, en casi todo el mundo, se asocia a la izquierda con la búsqueda de la igualdad, probablemente a través de una mayor intervención estatal (en el extremo, el comunismo) y a la derecha con la búsqueda de la libertad, el respeto de los derechos individuales de inspiración liberal (y en el extremo, la defensa sin restricciones del capitalismo y la aceptación de la desigualdad entre los hombres como algo natural).

El célebre filósofo político italiano Norberto Bobbio distinguió además a estas tendencias políticas por ser moderadas (cuando reconocen como válidos los ideales de sus rivales) o violentas (cuando están dispuestas a imponer por la fuerza los propios). Así, la izquierda puede ser reformista o revolucionaria, y la derecha puede ser conservadora o fascista.

Este cuadro general ha sido muy útil para entender la política de los países europeos, pero presenta dificultades al trasladarlo sin reservas a la realidad de América Latina, cuya historia de personalismos, clientelismos y golpes militares impide identificar a los sectores populares con la izquierda y a la burguesía con la derecha. Sin embargo, la categorización es seductora, por lo que su asimilación acrítica tiene muchos adeptos que creen que en la competencia política solamente se expresa una lucha entre segmentos sociales previamente constituidos.

Pero ese clivaje es demasiado simplista y lineal, y la realidad es mucho más compleja. Por otro lado, la historia política argentina tampoco avala esa identificación directa: el politólogo argentino Juan Carlos Torre es quien mejor explicó que más que en términos de izquierda y derecha, la competencia política argentina se estructura en términos de peronismo y no-peronismo.

Y en ambos campos ha existido una heterogeneidad ideológica notable: dentro del peronismo han confluido el marxismo revolucionario, el fascismo, el populismo, el socialcristianismo y el neoliberalismo, y en el no-peronismo (histórica y culturalmente radical) también han convivido tendencias progresistas y socialdemócratas junto con otras celosamente conservadoras.

A pesar de todo ello, hoy vemos proliferar, incluso en círculos intelectuales, acusaciones cruzadas a actores unívocos que condensarían a “la” derecha o bien a “la” izquierda.

Así, por ejemplo, el gobierno de Macri sería la derecha neoliberal y el peronismo kirchnerista sería la izquierda que mejoraría la pobreza estructural, sin que pueda advertirse ningún matiz ni evidencia en contrario.

De otro lado, para algunas nuevas usinas de pensamiento, las ideas de izquierda y derecha son relatos ideológicos que, lejos de todavía representar los dos grandes ideales de la humanidad, han obstaculizado lo que la política siempre debió haber sido: un management técnico para que la gente pueda dedicarse en paz a sus necesidades reales. Pero la negación de las ideologías tampoco conduce a los resultados más deseables.

Que la izquierda y la derecha existen, y que han cristalizado valores y luchas de la historia de Occidente es innegable. Pero no ordenan automáticamente las disputas políticas de la Argentina.

En la extrema simplificación de la realidad que produce el interés político se omite que, por dar solo dos ejemplos, la defensa de los derechos humanos es claramente una reivindicación de corte liberal (y por lo tanto, de la familia de la derecha), y que el déficit fiscal es un problema generalmente producido por la satisfacción de demandas de los que no son ricos (y por lo tanto, de la familia de la izquierda).

Si esta polarización ficticia sigue siendo azuzada en el debate político y mediático (con su replicación en las redes sociales) y finalmente se impone como un discurso único en la campaña y las elecciones, entonces la democracia argentina saldrá perdiendo, porque gran parte de la ciudadanía votará a partir de información y análisis sesgados.

En ese escenario de blanco o negro, tanto en la oferta electoral como en la demanda de opciones políticas, podría reproducirse una vez más el callejón sin salida de la política argentina que en otras ocasiones ya nos ha conducido a la inestabilidad política y a crisis peores.

La Argentina necesita, en cambio, más complejidad conceptual y más diversidad y riqueza política para poder discutir en serio, lejos del mero marketing electoral y de la posverdad, cuáles son sus problemas reales y cuáles las alternativas disponibles para afrontarlos. 
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