En los medios

Clarín
26/12/18

El 2019 y una paradoja inquietante

"Nuestra democracia está entrampada por una grave situación económica, procesos electorales de alta intensidad y un conflicto entre visiones excluyentes", apunta en este análisis el profesor emérito del Dpto. de Ciencia Política y Estudios Internacionales UTDT.

Por Natalio Botana
Nuestra democracia está entrampada por una grave situación económica, procesos electorales de alta intensidad y un conflicto entre visiones excluyentes. 

La economía, en medio de tormentas que vienen de afuera y de adentro, ha marcado los fracasos de este año. La intensidad electoral es producto de la reforma constitucional de 1994 y del método de las PASO para elegir candidatos. Cada dos años hay elecciones; cada cuatro el trance electoral para elegir presidente y gobernadores se altera aún más al paso de comicios escalonados en Nación y en provincias. Mucha democracia electoral; poca democracia institucional: el escaso tiempo entre elecciones - apenas un año - hace que se gobierne con vistas al corto plazo en lugar de contar con el lapso necesario para diseñar políticas y obtener consenso legislativo.

Este contexto se agrava por la recurrencia de confrontaciones excluyentes. Dos formaciones - Cambiemos y el kirchnerismo - disputan el poder en una democracia polarizante. Esta impugnación recíproca significa que el centro del sistema se debilita y los extremos se fortalecen. En el trasfondo de este choque hay tendencias históricas.

Una de ellas dice que el peronismo, entendido como una yuxtaposición de liderazgos opuestos, es mayoritario mientras que el espacio Cambiemos no lo es. 

Aunque Cambiemos ganó en segunda vuelta las elecciones de 2015 y encabezó el pelotón en las de 2017, en los hechos mantuvo una condición minoritaria, sin mayoría en ambas cámaras legislativas. Cambiemos ha logrado sobrevivir en semejante condición funcionando, cosa milagrosa, no como una coalición de gobierno sino como un Poder Ejecutivo con apoyo parlamentario. Acaso una deficiencia.

Desde luego, el control del gobierno en la provincia de Buenos Aires y en la Capital le proporciona a Cambiemos un soporte que no tuvieron las coaliciones no peronistas precedentes. Pero esto no invalida la hipótesis que inspira las estrategias electorales: el peronismo, en efecto, sólo puede ser derrotado si permanece dividido.

Con la excepción del triunfo de Raúl Alfonsín en 1983, esta regla se ratificó dos veces. Primero, con acuerdos explícitos para integrar la fórmula De la Rúa por la U.C.R. y Chacho Álvarez por el FREPASO (proveniente esta agrupación de una división del peronismo); segundo, cuando el desplazamiento del electorado cordobés, en una provincia gobernada por el peronismo, consagró presidente a Macri. Implícitamente, se insinuó entonces la división entre kirchnerismo y peronismo federal.

En principio, la división actual entre el kirchnerismo con apoyo bonaerense y el resto con más sustento en el interior adopta dos rasgos. Por un lado, un peronismo en busca de un nuevo rumbo; por otro, una impronta hegemónica que surge de la experiencia de CFK en el gobierno y de su negativa en 2015 a entregar los símbolos del mando. En ese acto, la legitimidad no fue compartida en una ceremonia común.

Esta es la imagen predominante de uno de los extremos de la polarización, el partido de CFK Unidad Ciudadana (aunque ahora aparezca más amable y negociadora). El otro extremo es el del oficialismo, al que se le presenta una disyuntiva: o se encapsula en su propio campo, incentivando la polarización, o abre el abanico del centro, explorando la incorporación de nuevos aliados pertenecientes al peronismo federal.

Por ahora, debido a la conformación de Cambiemos y a las disputas territoriales, prevalecería el primer término de esta disyuntiva. Si esto es así, la presencia de un peronismo dividido es crucial para Cambiemos y el peor mensaje que podría recibir es el de un peronismo unificado bajo el liderazgo de CFK. En consecuencia, una competencia electoral de tres contendientes principales les marcaría un mejor camino. Los datos de encuestas de calidad confirmarían este tríptico: los líderes de Cambiemos recogerían el 39% de las preferencias; los del kirchnerismo el 31% y los del otro peronismo el 18%. Sumados estos últimos bajo un liderazgo unificado representarían el volumen histórico del peronismo. Por ahora no es así.

Esta estrategia, de ser eficaz para el oficialismo, plantearía una paradoja que no despejará nuestra inestabilidad crónica. Según esta paradoja, un eventual triunfo de Cambiemos, eligiendo a CFK como enemigo principal, intensificaría la erosión constante que sufre un régimen político de carácter responsable.

Un régimen de este tipo funcionaría merced a una alternancia confiable. Por ende, la derrota de un gobierno no alteraría la constitución política de las libertades públicas ni las reglas básicas de la macroeconomía. Es la lección que aprendieron dos democracias consolidadas del Cono Sur, como las de Uruguay y Chile, y es lo que nosotros no hemos resuelto.

El contexto internacional ha registrado esta fractura. El presidente Trump, apoyó al oficialismo en la crisis cambiaria por temor a lo que vendría. Por su parte las entidades evaluadoras de riesgo tomaron nota de una nación endeble sin mercado doméstico de capitales, dependiente de la emisión de deuda pública en dólares, que, por si esto fuera poco, entabla una elección presidencial entre proyectos mutuamente excluyentes. Un pronóstico sin duda sombrío.

La raíz de este descalabro, que se contrapone a los logros obtenidos en el G 20 y al apoyo de las grandes potencias, radica en el déficit político - no solamente económico - de una dirigencia incapaz de pactar un régimen responsable. Cuestión que remite a la convivencia cívica pues aún no hemos podido instaurar un régimen político de deliberación y consenso: un régimen, en definitiva, con la aptitud institucional suficiente para perfeccionarse con acuerdos y políticas de larga duración, más allá de la natural alternancia entre gobiernos.

Estos atributos siguen amenazados por la intolerancia mutua, el crecimiento de la desigualdad y la praxis corrupta del poder. Por eso hemos tenido hasta el presente sucesión de gobiernos y no construcción de ese régimen responsable que debería ser la casa común de la democracia; no lo es todavía. 
Edición impresa: