Di Tella en los medios
Clarín
26/03/9

Obama estrena estrategias en el G-20 y la OTAN

El presidente de EE.UU. deberá demostrar que ahora en Washington anida una vocación multilateral y cooperativa que entiende que los aliados no siempre son alineados. <BR>

Por: Carlos Pérez Llana
EXPERTO EN RELACIONES INTERNACIONALES, UNIVERSIDAD SIGLO 21 Y Di Tella

El presidente Barack Obama ha decidido estrenar su diplomacia presidencial, en el territorio de los aliados históricos de Washington, con una agenda que incluye dos reuniones "cumbres": Grupo de los 20 y OTAN.

La reunión de Londres atrae el mayor interés porque se ha depositado en ella una desmedida esperanza, debido a que cierto imaginario colectivo cree posible que allí se funden las bases de lo que ha dado en llamarse una nueva arquitectura financiera internacional, algo así como un nuevo Bretton Woods. Aunque en verdad se omite recordar que aquella Conferencia internacional económico financiera -celebrada en 1944 y donde se crearon el FMI y el BIRF- duró tres semanas y estuvo conducida por un solo protagonista, los EE.UU.

La cumbre de la OTAN posee una agenda más concreta: se trata de definir un nuevo concepto estratégico para la Alianza Atlántica, en otras palabras establecer funciones, responsabilidades, ingreso de nuevos miembros e identificación de los desafíos y amenazas que pueden llegar a afectar la seguridad de los aliados. En este caso también existe una dimensión fundacional: construir una nueva relación entre los EE.UU y Europa, cerrando el capítulo de los sonados desencuentros de la era Bush.

Ahora bien, desde la perspectiva norteamericana, ¿qué intereses están en juego? Si bien no figuraba en la "hoja de ruta electoral", el presidente Obama ha recibido un mandato histórico, la reconstrucción del poder norteamericano, y para esta empresa ambas cumbres resultan estratégicas.

En el G-20 los EE.UU. buscarán imponer sus criterios que se basan, esencialmente, en preservar su estructura financiera insistiendo en medidas reactivantes de la demanda mundial. Ciertamente esto implica incrementar la deuda pública, soslayando una redefinición del sistema financiero.

Del otro lado, Alemania y Francia han venido insistiendo en priorizar los controles sobre los bancos, calificadoras de riesgos, paraísos fiscales y fondos de inversión, y temen avanzar en exceso con las estímulos reactivantes. Obviamente los EE.UU. pueden soportar una mayor deuda pública mientras a sus aliados europeos les preocupa la solvencia fiscal, debido al tamaño de la deuda y al elevado gasto social, careciendo del privilegio de "producir y exportar" dólares.

En la OTAN Obama deberá convencer a sus aliados para que colaboren con el Tesoro americano y con el Departamento de Defensa.

En otras palabras los EE.UU. reclamarán a los europeos el incremento del gasto militar y mayores contingentes de tropas. Para los europeos gastar más en defensa colisiona con la prioridad que les deben otorgar a sus economías cuando el desempleo y la recesión despuntan. Respecto del envío de tropas, particularmente a Afganistán, los países que ya están en Kabul legítimamente se preguntan cómo ganar una guerra que el propio Obama viene de reconocer que se está perdiendo.

Conscientes de la dimensión social y política de la crisis económica, los jefes de Estado europeos bien suponen que sus electorados los castigarán si destinan más recursos a una guerra a la que no asocian con la vida cotidiana.

La opinión pública europea, mucho más internacionalizada que la norteamericana, está preocupada por la seguridad energética ligada a los designios gasíferos de Rusia, por las implicancias del cercano conflicto de Oriente Medio y, respecto de Afganistán, considera que la batalla los aliados la están perdiendo en el convulsionado Pakistán, un país dotado de capacidad nuclear, políticamente turbulento y crecientemente influenciado por sectores islámicos radicalizados.

El presidente Obama no ignora que con la crisis del 2008 han quedado al desnudo las debilidades estructurales de una economía que consumía, que no ahorraba y que exportaba primordialmente servicios, armamentos, alimentos y ciertos productos industriales. En cuanto a los fundamentos de su poder internacional éstos descansaban sobre sus bancos y empresas aseguradoras, sobre su moneda y sobre el extendido poder militar que le permite ejercer una incuestionada hegemonía en continentes, mares y espacio.

Concluyendo. En el Grupo de los 20 competirán tres visiones de la crisis internacional y de las soluciones: de un lado los EE.UU. y algunos aliados como Gran Bretaña y Holanda; del otro la Unión Europea histórica, orientada por Berlín y París, que también asume la costosa ayuda a Europa Central, y finalmente los emergentes liderados por los BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

En la OTAN el debate no será el clásico, europeístas vs. atlantistas. El presidente Sarkozy acaba de decidir el reingreso de Francia al comando integrado, retornando la estructura militar que abandonó el presidente De Gaulle en 1966. Ciertamente Obama parte con una ventaja: no se enfrentará con el discurso francés antiamericano pero, paradójicamente, ese retorno consolida y unifica la identidad europea en la OTAN.

Decididamente, para lograr apoyos, el nuevo ocupante de la Casa Blanca deberá demostrar que ahora en Washington anida una vocación multilateral y cooperativa que entiende que los aliados no necesariamente deben ser alineados.

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