Di Tella en los medios
Clarín
23/07/20

Empresarios y científicos

Por Ezequiel Spector

El profesor de la Escuela de Derecho opinó sobre el rol del sector empresario argentino en el desarrollo del país.


Ilustración: Daniel Roldán

En Argentina, se encuentra muy extendida la creencia de que el sector empresarial es moralmente inferior a otros rubros, como el campo científico. La política y parte de la sociedad civil suelen tratar a los empresarios como personas peligrosas; individuos que deben ser constantemente controlados para que no abusen de su poder y sirvan al bien común.

A los emprendedores se los mira con cautela: tal vez con algo de simpatía al principio, cuando están empezando, pero sin dejar de ser potenciales enemigos que, de un momento para el otro, pueden volverse demasiado ricos y nocivos para la Patria. Expresiones tales como “No somos un gobierno de CEOs, sino de científicos” no son políticamente inocentes. Intentan capitalizar el escepticismo (y a veces el desprecio) que una parte de la sociedad argentina tiene hacia el sector empresarial.

En Argentina, esta actitud se debe probablemente a que los gobiernos han formado coaliciones con empresarios amigos del poder, para coartar la libre competencia y lograr que el dinero de los consumidores vaya a unos pocos privilegiados.

Cuando los gobiernos tienen amplias facultades para intervenir en la economía, la preocupación de las empresas no es ofrecer la mejor relación precio-calidad a los consumidores en un clima de competencia, sino hacer lobby en la estructura estatal para conseguir regulaciones que los protejan de esa competencia. Estas regulaciones terminan impidiendo que las pequeñas y medianas empresas crezcan, si no destruyéndolas.

En nuestro país, muchos empresarios han prestado más atención al Estado que al consumidor. Por eso mucha gente los mira con suspicacia. Quienes se oponen a la economía de mercado deberían estar, al menos en parte, satisfechos. En Argentina, hace muchas décadas que la economía de mercado cede ante el corporativismo estatal.

En una genuina economía de mercado, los empresarios trabajan de forma muy parecida a los científicos. En su reciente libro “Commercial Society” (2019), el filósofo norteamericano David Schmidtz ilustra con suma claridad este punto. Tanto el científico como el empresario comienzan analizando el mundo que los rodea. Sus preguntas a menudo provienen de una aguda habilidad de observación.

El empresario puede preguntarse, por ejemplo, por qué los clientes no compran lo que ofrece una empresa o por qué le empezaron a comprar a un competidor. También puede observar que las personas tienen un problema y que hay un nicho de mercado para ofrecerles una solución. Luego, el empresario desarrolla una teoría que explique lo que observó.

Por supuesto, la mayoría de los empresarios no piensan en términos estrictamente científicos, pero siguen un método muy similar. Desarrollan una explicación de lo que observan, tal como “si fabrico este producto, entonces estas personas lo comprarán”.

Posteriormente, prueban sus hipótesis, no en el laboratorio, sino en el mercado, que tiene millones de variables y que no da garantías de nada. Tienen que recopilar datos empíricos, que luego analizan para corroborar o refutar sus hipótesis. Ya sea que la hipótesis sea corroborada o refutada, el nivel de conocimiento en la sociedad aumenta. Como resultado de esta prueba, sabemos qué funciona y qué no.

Si funciona, los consumidores se verán beneficiados, y eso atraerá a otros competidores, a menudo con ofertas superadoras. Por eso, como en la ciencia, el éxito es provisional. El emprendedor no puede dormirse en los laureles, porque estos triunfos son de corta duración en un mundo tan dinámico. Si, en cambio, no funciona, el empresario habrá aprendido algo, y tiene que modificar su teoría. Además, otros emprendedores ahora cuentan con la valiosa información de que esa estrategia no es viable. El conocimiento aumentó.

En una economía de mercado, con precios estables y libre competencia, las personas tienen muchas ofertas y necesitan elegir entre ellas (muchos políticos argentinos saben esto, porque suelen vacacionar en esos países).

Así como ningún científico puede forzarnos a aceptar sus teorías, ningún empresario puede usar la coerción para obligarnos a comprar sus productos. Lo que está en juego es nuestro derecho a decir “no”. Se trata de la libertad de elegir otra opción, de alejarnos si no nos conforma el trato que otros tienen para con nosotros.

En suma, cuando las empresas tienen que competir, quien manda no es el empresario ni el CEO, sino el consumidor. Los empresarios ya no pueden pensar sólo en su propio bienestar. Tienen que hacer ejercicios de empatía constantemente, porque su éxito depende de ponerse en los zapatos de otros, pensar qué necesitan y ofrecerlo a un precio que puedan pagar, mientras otro competidor no le gane de mano y ofrezca una alternativa superadora.

Quien logre esto estará haciendo una contribución; algo así como publicar una nueva teoría en una revista científica; una teoría que por el momento (y tan solo por el momento) no fue refutada. A su comunidad habrá servido, tal como hacen algunos científicos.

Ezequiel Spector es Profesor Investigador de la Escuela de Derecho-Universidad Torcuato Di Tella.


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