Di Tella en los medios
Clarín
6/06/19

La generación ignorada

Por Ezequiel Spector

"Aquellos que integran la generación ignorada han recibido la enseñanza de que para superarse y progresar, para llegar a ser alguien importante en la vida, es necesario estudiar. Ahora tienen razones para estar decepcionados", afirma el director de la Carrera de Abogacía de la UTDT en relación a "los grandes perjudicados de las últimas décadas".


Son dos los principales consejos que el personaje de Alfredo le da al protagonista, Salvatore, en la célebre película Cinema Paradiso. El primero, cuando Salvatore es un niño, es que no deje sus estudios y considere el trabajo de operador de cine como algo pasajero.

El segundo, cuando ya es un hombre, es que supere la nostalgia y abandone el pueblo, al creer que Salvatore no iba a poder encontrar allí el futuro que merecía. No necesariamente iba a caer en la pobreza extrema. Sin embargo, Alfredo no quería que Salvatore creciera con la frustración de no haber podido alcanzar ninguno de sus sueños. Es sabido que el más de 30% de pobreza en Argentina es escandaloso, y que debería ser la máxima preocupación de éste o cualquier otro gobierno. Se ha hablado también de los obreros, los científicos, los médicos, los artistas, los estudiantes, los docentes y los jubilados. Aquí me interesa, sin embargo, dedicar espacio a un sector diferente, al que usualmente se le resta importancia o no se lo considera como un segmento social independiente con características propias. Son los que llamaré “la generación ignorada”. Se trata de hombres y mujeres de, más o menos, 25 a 35 años, provenientes de una clase media no acomodada. Son profesionales que invirtieron mucho tiempo y esfuerzo en sus estudios: arquitectos, diseñadores, abogados, publicistas, licenciados en recursos humanos, nutricionistas, etcétera. Están bastante despolitizados. No tienen contactos; tampoco la probabilidad real de ocupar los puestos bien pagados en el Estado. Apuntan al sector privado.

Muchos vivieron siempre en ciudades. Otros vienen de zonas suburbanas o rurales. Varios son primera generación de profesionales en sus familias, aunque hay quienes tienen padres que también han llegado a estudiar y ejercer su profesión, pero que nunca les ha sobrado demasiado.

Algunos buscan trabajo, o tratan de iniciar emprendimientos propios batallando contra todos los obstáculos que eso implica en este país. Otros trabajan muchas horas al día por sueldos relativamente bajos, cada vez más devaluados, y en puestos que no les resultan especialmente atractivos.

En un contexto inflacionario, con bajas ganancias y además impuestos altos, no pueden ahorrar demasiado, y les cuesta muchísimo acceder a una vivienda propia, aun con créditos hipotecarios. A veces se ven obligados a tragarse el orgullo y pedirles ayuda a sus padres, si es que tienen la suerte de que pueden darles una mano.

Aquellos que integran la generación ignorada han recibido la enseñanza de que para superarse y progresar, para llegar a ser alguien importante en la vida, es necesario estudiar. Ahora tienen razones para estar decepcionados, al notar que, en un país con problemas económicos estructurales, en el que además no predominan los procesos abiertos y competitivos para ingresar al mercado de trabajo, es posible que el título universitario por el que lucharon no garantice la movilidad social que tanto buscaron.

Son, en general, profesionales realmente valiosos. Lamentablemente, varios planean “superar la nostalgia” y marcharse del país; muchos aprovechando sus pasaportes europeos, tal vez en busca de un ámbito donde se los valore y se sientan estimulados, además de obtener mayores ganancias económicas.

Estas personas no niegan que podrían estar mucho peor. No califican como “pobres”, ni necesariamente piensan que sus problemas deban ser una prioridad en la agenda política. Saben que hay gente que se desloma en otras actividades y que atraviesa una situación parecida. Aun así, es claro que se esforzaron mucho y se les devuelve muy poco.

La generación ignorada tiene que experimentar la frustración de no poder llegar a metas mínimas que incluso sus padres o sus abuelos, aun sin ser tan pudientes, lograron alcanzar hace muchos años en una Argentina diferente.

En un país cada vez más corporativizado, quienes conforman la generación ignorada no son un grupo organizado ni tienen poder de lobby. Son personas sueltas, que inicialmente pudieron haber tenido varios proyectos, pero que tienen que conformarse cada vez con menos, si es que están decididos a adaptarse a un país que no genera muchas oportunidades para ellos.

Han visto, por otra parte, cómo personas de la misma edad y con igual o menor preparación ganan tres veces más sólo por tener contactos políticos, y todavía tienen que soportar que a veces se los tilden de egoístas o ambiciosos sólo porque piensan que merecen tener más.

Este segmento social es perfectamente identificable y sus integrantes también merecen explicaciones por parte de los pasados y actuales gobernantes. Aún omitidos en los discursos de los políticos, estas personas cuentan con características comunes y enfrentan entre sí los mismos problemas.

La generación ignorada, en definitiva, se preparó para alcanzar sus sueños, pero se le está complicando incluso lograr metas que son previas. Sin ser tan visibles, son grandes perjudicados de las últimas décadas.

Ezequiel Spector es Director de la Carrera de Abogacía-Facultad de Derecho, Universidad Torcuato Di Tella.

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