Di Tella en los medios
Clarín
24/01/19

La democracia debe sacudirse la fatiga

Por Roberto Gargarella

De acuerdo con algunos expertos, estamos viviendo en una era de "hastío democrático" o "síndrome de la fatiga democrática". Frente a esto, Roberto Gargarella, profesor de la Escuela de Derecho, se pregunta cómo reconocer las tremendas falencias que muestra la democracia, que explican el atractivo que hoy generan las propuestas más extremas.

En la Argentina, como en muchos otros países, hemos pasado de la “ilusión democrática” propia de los años 80 (aquí, con el fin de la dictadura), al “desencanto democrático” más propio de los 90 (desencanto generado en parte por duros programas de ajuste estructural) y de allí, pronto, al “hastío democrático” (el belga David Van Reybrouck ha hablado del “síndrome de la fatiga democrática” como marca de nuestro tiempo).

La llegada de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos; la elección de Jair Bolsonaro en Brasil; o el ascenso de la extrema derecha en Europa, entre tantos ejemplos que no nos resultan ajenos, tornan difícil poner excusas frente al hastío: cómo no reconocer las tremendas falencias que muestra la democracia, que explican el atractivo que hoy generan las propuestas más extremas?


Frente a los cataclismos políticos que venimos sufriendo, una de las tendencias más comunes que ha aparecido es la de culpar a la ciudadanía por todo lo malo sucedido. Ante elecciones cuyas consecuencias nos disgustan profundamente (los ejemplos citados); o frente el resultado de consultas populares que tampoco nos han satisfecho (como la consulta en torno al Brexit, en Inglaterra; o la que culminó con el rechazo de los Acuerdos de Paz, en Colombia), muchos se han apresurado a señalar acusatoriamente al electorado.

Han dicho entonces que la ciudadanía no está en verdad preparada para asuntos tan complejos; o que ella es fácilmente maleable; o que ha resultado engañada, una vez más, por algún grupo de intrigantes (los evangélicos; los medios de comunicación; etc.). Ello así, como si la ciudadanía no fuese autónoma; como si no pensara por cuenta propia; o como si no tuviera capacidad crítica alguna. Se trata de una vuelta al pensamiento elitista al que recurrentemente se apela desde hace décadas, cada vez que el electorado expande sus demandas de protagonismo político. (Joseph Schumpeter lideró, en los años 40, un primer gran embate contra lo que se llamó la “sobrecarga de demandas democráticas” que ponían en riesgo la estabilidad del sistema político; y Samuel Huntington y Michel Crozier volvieron sobre el mismo tema en los 60, haciendo una apología de la “apatía política”).

En la actualidad, muchos de entre los hastiados –es decir, también, muchos de entre los que vienen perdiendo elecciones- retoman aquel ideario elitista, apenas se ven derrotados: “si perdemos es porque la gente no se da cuenta,” “si perdemos es porque aquellos (y no nosotros) han sido engañados”. Puro auto-engaño. Otra parte, mientras tanto, busca en las formas del “populismo” (normalmente, a través de gobernantes autoritarios, de retórica popular, y hostiles a todo esquema de controles) una respuesta inmediata, violenta o en apariencia contundente, frente a los males del pasado. El “populismo”, sin embargo, no da solución alguna: se trata de un monstruo de rostros diversos, capaz de hablar tanto el lenguaje de los derechos humanos, como el de la seguridad “a las trompadas”: lo importante parece ser dar respuestas rápidas, de forma ruidosa y sin mayores frenos.

Por lo dicho, quienes entendemos la democracia como una conversación extendida, consideramos que el sistema institucional que tenemos es mucho más responsable del “hastío democrático”, que las malas elecciones ciudadanas. Hoy, por lo demás, (después de un año importantísimo de discusiones en torno al aborto, por ejemplo), sabemos que es posible decidir sobre derechos de modo colectivo, deliberado, ordenado y serio. No se trata entonces, frente al horror del presente, de volver a optar por alguna de las tantas formas de la restricción democrática, sino de cambiar este sistema de extorsiones mutuas por otro que haga posible, definitivamente, la conversación colectiva. 

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