Di Tella en los medios
Clarín
4/04/18

El futuro del trabajo: cómo nos afecta y qué debemos hacer

Por Eduardo Levy Yeyati

"El debate sobre el futuro del trabajo no es una catarsis sobre la distopía de desempleo tecnológico, sociedad dual y máquinas opresoras a la que nos acostumbró la ciencia ficción, sino un debate sobre cómo usamos la tecnología para construir un futuro mejor", afirma el decano de la Escuela de Gobierno UTDT.

En la Argentina, en estos dos últimos años, hemos visto una merma de empleos industriales en los suburbios urbanos.

Para traer el debate sobre el futuro del trabajo a la realidad del mundo en desarrollo, conviene distinguir tres dimensiones que a veces se confunden en la discusión.

Simplificando, la primera dimensión remite a la relación entre tecnología y desplazamiento laboral. Antes del desempleo tecnológico, está el desplazamiento tecnológico, la transición entre el pasado y el futuro.

Tareas y ocupaciones tradicionales son sustituidas por la tecnología y se crean otras nuevas, pero lo nuevo no cancela la pérdida de lo tradicional. El trabajador no es fungible o reciclable, especialmente el trabajador adulto de calificación media y baja; más aun los que, para buscar empleo, deben trasladarse a un costo no menor. Esta primera dimensión, la del descalce de competencias y lugares, sugiere que, aun si la tecnología no redujera la demanda total de horas trabajadas, podría crear bolsones persistentes de desempleo –y, si este desempleo se concentra en los trabajadores menos calificados, los más expuestos-, mayor inequidad salarial.

La segunda dimensión surge de la relación entre la tecnología y las modalidades laborales. Las nuevas tecnologías facilitan una mayor segmentación temporal y espacial de la producción, cuestionando el predominio del paradigma del trabajo asalariado de 8 horas en la fábrica o la oficina. Y, como por razones históricas la mayoría de los beneficios sociales están vinculados al empleo formal tradicional, los nuevos formatos quedan desprotegidos, a merced de los servicios y coberturas públicas, lo que suele ampliar la distancia de bienestar entre asalariados e independientes –incluyo en el caso de los cuentapropistas formalizados (por ejemplo, los monotributistas) que cuentan con algún tipo de beneficio.

La tercera dimensión es a la vez la más temida y, tal vez, la menos inminente: la relación entre tecnología y desempleo, el riesgo de que los empleos (las ocupaciones, las horas trabajadas) del futuro no solo sean diferentes, sino que también sean menos. Este es el mundo del desempleo tecnológico, con el que especulaban hace casi 100 años tecno optimistas como John Maynard Keynes –o, más recientemente, tecno pesimistas como Martin Ford. Hay razones para suponer que, al final del camino, la demanda total de empleo (no de trabajo, sino de trabajo remunerado) caerá de la mano de la automatización parcial.

Hasta acá, el debate sobre el futuro del trabajo en las economías avanzadas. ¿Cómo se transpone todo esto a un país en desarrollo como la Argentina?

Para empezar, en relación a las economías avanzadas, enfrentamos tres hándicaps: menos capital humano (trabajadores menos educados, y una educación menos pertinente a las demandas de empleo), más informalidad y servicios públicos de peor calidad.

Si, como parece, la tecnología castiga a los trabajadores menos formados (porque sus tareas son más sustituibles y porque, si cae la demanda de trabajo, les es más difícil adaptarse y competir por los empleos remanentes), entonces estamos peor equipados para enfrentar el cambio. Si, como parece, la tecnología reemplaza empleos asalariados, la elevada informalidad del trabajo independiente, y la imperfecta red de protección social nos ubican en un punto de partida más bajo.

En la Argentina, en estos dos últimos años, hemos visto una merma de empleos industriales en los suburbios urbanos compensada con creces en otras partes del país con un aumento del empleo independiente (monotributistas) e informal. Y nuestra educación es una autopista de la educación que va del jardín a la universidad (recorrido que completa sólo una minoría de estudiantes, en su mayoría de hogares de ingresos medios altos) sin colectoras que ofrezcan opciones intermedias de formación para el trabajo a la gran mayoría que se queda sin nafta en el camino.

En todo caso, la agenda del futuro del trabajo, al menos vista desde la Argentina, excede la discusión de avances científicos y empleos del futuro.

Los temas en agenda van desde una reforma educativa en línea con un mundo laboral cambiante (una trayectoria de aprendizaje permanente hecha de tramos más cortos y distribuidos en el tiempo) a la formación profesional de adolescentes y adultos (en la que el sector privado es esencial no sólo como orientador sino como proveedor de espacios y recursos de formación), pasando por la protección del trabajo independiente (con beneficios portátiles y facilidades de ahorro y acceso a financiamiento, y con nuevas formas de agremiación), los incentivos a la formalización (los datos recientes del INDEC sugieren que se debilitaron), y una reforma tributaria que reduzca cargas laborales para compensar.Queda, por último, la discusión de fondo: cómo distribuimos el empleo si la demanda total cae. O, más en general, cómo garantizamos una sociedad inclusiva que reparta los frutos de la productividad tecnológica, ya sea en más y mejores servicios públicos o transferencias monetarias universales que complementen las menos horas trabajadas.

El debate sobre el futuro del trabajo no es una catarsis sobre la distopía de desempleo tecnológico, sociedad dual y máquinas opresoras a la que nos acostumbró la ciencia ficción, sino un debate sobre cómo usamos la tecnología para construir un futuro mejor. Pero este futuro no se construye solo. La discusión del futuro del trabajo como eje central del G20 en la Argentina es una oportunidad inmejorable para darle al tema la amplitud que se merece.

Eduardo Levy Yetati es Decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella.