
El drama del celular en la escuela no es el celular en la escuela.
El director del Área de Educación UTDT y exministro de Educación de la CABA escribió sobre la polémica en torno a los celulares en las escuelas.
La prohibición del celular en la escuela se volvió un lugar común simplificado, binario y cargado de certezas que la investigación científica no respalda.
Si no se puede poner límites al horario para dormir, a la higiene, a sentarse en la mesa, a no tomar alcohol o fumar marihuana, a dejar de estudiar o a no faltar a la escuela. Si no se puede decir no frente a una transgresión escolar; si debemos debemos ser blandos, permsivos hasta el éxtasis y ajustadas a la demanda de los alumnos, ¿por que el problema es el celular?
En un estudio reciente, investigadores españoles mostraron que la prohibición del celular en las escuelas de Madrid se explica por decisiones políticas basadas en una combinación de temores sociales, reacciones emocionales frente al acoso infantil y miedos post-pandemia asociados a las pantallas, pero nada que ver con la demostración científica. En ese contexto, las prohibiciones suelen presentarse como decisiones técnicas basadas en “datos” y “evidencia”, aunque esos datos no dicen lo que se afirma que dicen. [El link a este estudio y a los que citaré van abajo, en orden de aparición]
Los estudios disponibles contradicen el “consenso unánime”: no hay acuerdo científico sobre que prohibir el celular mejore los aprendizajes y el bienestar de los estudiantes. Enumero resumidamente algunos hallazgos, todos muy recientes.
En The Lancet se publicó el que posiblemente sea el primer estudio mundialmente conocido que usa una metodología control/experimental aleatorizada: mostró que hay efectos mínimos de la prohibición y que es necesario entender la cuestión del celular en relación con otros condicionantes escolares y sociales.
Otro estudio, este en Australia, muestra que prohibir el celular tiene un efecto positivo en el bienestar estudiantil, pero tan pequeño que es difícil extraer conclusiones sólidas sin asociarlo a otras variables. Respecto del aprendizaje, no se observan efectos.
Un estudio en Noruega reitera que los pequeños efectos observados por la prohibición deben ser articulados metodológicamente con otras variables que explican mejor el malestar y el no aprender: básicamente, la insatisfacción con la escuela, el consumo de marihuana y el bullying. Y otro estudio para Estados Unidos muestra lo mismo.
Creo que no tenemos estudios para Argentina. Si conocen alguno, dejen link en los comentarios, por favor.
Seamos precisos. La investigación respecto de las consecuencias de la prohibición del celular en la escuela muestra la falta de impacto real: ninguno en el aprendizaje y uno muy pequeño en el bienestar de los estudiantes, aunque este último es muy difícil de aislar de otras cuestiones influyentes.

Mitos, leyendas y verdades sobre pantallas y redes
La preocupación que algunos especialistas u opineitors atribuyen al uso de pantallas en torno a la adicción, no se corresponde con el estado actual del conocimiento científico.
No hay evidencia de una “adicción a las pantallas” como síntoma psicológico-psiquiátrico (que es el encuadre correcto para una adicción). Hay algunos estudios iniciales con resultados limitados y la OMS habla de “usos problemáticos”, nunca de adicción, al menos hasta hoy. Nada más, nada menos.
Andrew Przybylski dedicó veinte años a analizar la relación entre pantallas y salud mental. En un estudio con 120.115 adolescentes (no en escuelas) mostró que esta relación varía en función del momento en que se utilizan las tecnologías, lo que sugiere -otra vez- que es necesario examinar su funcionalidad en relación con otras actividades cotidianas. En conjunto, la evidencia indicó que un uso moderado de la tecnología digital (sea lo que sea “moderado”) no es intrínsecamente perjudicial y puede incluso resultar ventajoso en un mundo interconectado.
Me vengo preguntando desde 1993, cuando mi hijo mayor jugó en una pantalla por primera vez, a los cuatro años, acerca de beneficios y perjuicios, y nunca me cerró la idea de “juego en pantalla = malo, caca”. La investigación corrobora, en múltiples estudios, que esa equivalencia no es válida. Un metaanálisis reciente destacó el impacto de los videojuegos en la capacidad de atención y en la habilidad visoespacial, evidenciando cambios positivos en la activación funcional del cerebro. No cualquier videojuego, obvio.
La discusión relevante es bajo qué condiciones, con qué objetivos, con qué fundamentos y especialmente quién manda prohibir. Si una escuela o un docente entiende que es necesario regular el uso del celular e incluso prohibirlo, no me parece ni bien ni mal: es otra decisión pedagógica profesional entre otras que habrá que evaluarla en función del aprendizaje de los alumnos. Lo que sí me parece incorrecto es absolutizar esa decisión, alabarla como a un tótem y justificarla en un consenso científico inexistente.
Toda nuestra vida social es cada vez más en red vía pantallas: pedir una pizza, conseguir pareja, ver una película, escuchar música, moverse en la ciudad, comunicarse todo el día, tener una cita con el médico o el psicólogo, teletrabajar en casa, hacer trámites, monitorear el ritmo cardíaco y el sueño, pagar desde un viaje transoceánico hasta un café con leche, viajar en transporte público, geolocalizar a otras personas para saber dónde están y, obviamente, jugar sin intervención de adultos. Resulta inconsistente convertir el celular en un problema exclusivamente infantil o adolescente cuando los adultos vivimos conectados 24/7.
Por otro lado durante toda la evolución del homo sapiens los chicos jugaron sin intervención directa de los adultos. De hecho, esta es la forma que los futuros adultos tienen de actuar el mundo en forma de juego, antes de actuarlo en la realidad. Esto es un fundamento de la antropológía moderna pero Douglas Rushkoff lo entendió en relación con las pantallas en 1996, cuando los celulares solo existían en Viaje a las estrellas: los chicos de hoy, decía, juegan al futuro y nosotros podremos aprender de ellos cómo interactuar en un mundo donde el objetivo es pasar de nivel.
Por otro lado, otras prohibiciones de consumo en menores -ya sea de redes sociales, alcohol, porro, porno o tabaco- muestran una eficacia muy limitada, y su virtual éxito no puede evaluarse sin considerar el contexto cultural y especialmente político.
[Paréntesis: hijo de 12 puso un peluche para autenticar la identidad en una de las plataformas de juego más famosos y le dio que tenía 21 años. Inlcuso, un desarrollador le mandó un mensaje privado diciendo que por qué siendo tan viejo no se iba a jugar a otro lado…]
No soy un experto en temas de crianza y tengo mis propios miedos. Pero me parece que el celular suele funcionar como un desplazamiento: canaliza frustración, desconcierto e impotencia frente a aulas complejas, falta de herramientas pedagógicas, chicos muy heterogéneos en escuelas obligadas a incluirlos, escaso apoyo institucional, deslegitimación de la autoridad docente sumado los efectos emocionales del encierro pandémico. El celular se vuelve repudiable porque está a mano, mientras todos lo usamos todo el tiempo. Nadie los ama pero todos los necesitamos.
Gente, seamos honestos con nuestras conciencias: ¿conocen adultos que tengan una autorregulación consistente en el uso de las pantallas? Yo conozco uno, que usa computadora pero no celular (intenté y duré 6 horas, lteral). Lo que veo son adultos que intentan disminuir su exposición a la red acon la ayuda de ¡una app del celu! y para colmo rara vez lo logran y se frustran y se quejan.
Nuestra sociedad ya es digital y el proceso de aceleración es irreversible. No sé si es bueno o malo, ni siquiera sé si me gusta, pero sí sé que no podemos reaccionar con pánico como aquel faraón al que refiere Sócrates, citado por Platón, que cuando se inventa la escritura la prohíbe por miedo a la pérdida de memoria.
¿Consejos? Paso. Y menos en este tema: no puedo recomendar lo que no sé. Pero muchos padres y madres estamos tendiendo a poner límites de horarios y al tipo de acceso al celular según la edad del chico.
Ahora bien, quien no puede poner límites al horario para dormir, a la higiene, a sentarse en la mesa, a no tomar alcohol o fumar marihuana, a dejar de estudiar o a no faltar a la escuela, difícilmente pueda hacerlo con el celular.
El problema no es el celular.
Y acá está el núcleo del asunto…
La cosa es así. Vivimos en un mundo sin adultos: aplanado, prefigurativo, on demand, donde la experiencia vale poco, la tradición se denigra, las canas se repudian y se tiñen, las arrugas se tapan con crema anti edad, el aburrimiento es pecado, el saber cambia todo el tiempo y la obsolescencia es muerte.
Y desde su invención en el siglo XVII, la escuela funciona a base de combustible adulto: alguien que ocupa el lugar del saber para ejercer esa función propia de los humanos y de casi nadie más: ENSEÑAR. Lugar asimétrico respecto de los estudiantes, representante de la tradición y la experiencia y a la vez introductor de lo nuevo, garante de una autoridad justa y cuidadora, capaz de decir no para proteger.
La única forma de resolver esta tensión en la escuela es con docentes empoderados, que puedan poner reglas y límites sin temor a represalias administrativas o legales de los familias o las autoridades, y que ocupen ese lugar sin pánico. Menos bajada y más subida. Menos decirles a las escuelas qué tienen que hacer y qué no, y más preguntar qué necesitan.
Link: https://disonante.substack.com/p/decadas-de-educacion-colapsada-pero
