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1/06/12

Emergentes en conjunto

Mariano Turzi. Dr. en Relaciones Internacionales y profesor de la Universidad Di Tella.

En términos de economía política, existe en Brasil cierta presión de los industriales brasileños nucleados en la influyente Federación de Industrias del Estado de San Pablo (FIESP) para devaluar la moneda.

Pero esas ganancias de competitividad de la industria brasileña tienen un impacto en la industria argentina, que a su vez toma medidas para proteger la industria nacional. Según un informe de la propia FIESP, el atraso en la liberación de las declaraciones juradas de importación por parte del gobierno argentino, pasó de afectar el 20% de las operaciones en febrero al 50% en abril. 

Pero la pérdida de competitividad relativa en la Argentina debe ser balanceada con el crecimiento económico en Brasil. ¿Qué es mejor para la Argentina? ¿Un Brasil con apreciación y recesión o un país vecino que devalúa pero mantiene el crecimiento? Los costos y beneficios, los riesgos y las amenazas de ambos escenarios pueden ser analizados en conjunto por los dos grandes socios sudamericanos. 

La unidad de acción de la Argentina y Brasil se revela como crucial cuando entendemos las causas profundas de estos desequilibrios, que pueden rastrearse a los efectos de la crisis internacional. El balance de la economía global ha cambiado. Más que países desarrollados y países en vías de desarrollo, cada vez parecería más apropiado hablar de emergentes y sumergidos. Los países del G-7 a duras penas arañan un ritmo anémico, deudas públicas atroces y tasas de desempleo que indignan y llevan a las movilizaciones populares de protesta.

Si bien los países emergentes en general y América Latina en particular no atraviesan un episodio recesivo como el mundo desarrollado, sienten los impactos a través del sector externo. En el caso de Brasil, la devaluación responde a la necesidad de evitar lo que el ministro de Hacienda, Guido Mantega, denominó la "guerra de monedas". En una carrera autodestructiva, los países lanzan sucesivas devaluaciones para alentar la exportación y desincentivar la importación. Esas políticas empobrecen a los vecinos, que se ven obligados a responder con medidas equivalentes. Eso obliga a una segunda ronda, cerrando a los países en un círculo vicioso en el que se perjudican mutuamente. Los países ya libraron una guerra de monedas en la Gran Depresión en la década de 1930, que acabó por aumentar el proteccionismo global y el enfriamiento de los mercados internos. Los países del G-7 no dudan en utilizar todos los medios a su disposición para poder mantener su posición frente a un mundo emergente que surge de la crisis. La Unión Europea está cada vez menos unida y Estados Unidos tiembla ante un riesgo de un doble episodio recesivo y aplica devaluaciones encubiertas. La negociación conjunta y la coordinación de políticas públicas llevarán a una mayor integración; o por lo menos al desacuerdo aceptado. Pero el camino alternativo lleva al retraimiento y la fragmentación. Así se puede tener competencia pero se evita el conflicto. La acción unilateral acabará por aislar, dividir y debilitar. Las convergencias políticas acompañan las tendencias de reconfiguración global de largo plazo, de la que ambos países son beneficiarios.