En los medios

La Nación
5/11/22

A la deriva: un país sin prioridades ni rumbo

Eduardo Levy Yeyati, decano de la Escuela de Gobierno y director académico del Cepe, opinó en La Nación sobre el perfil de liderazgo del presidente Alberto Fernández.

Por Diego Cabot

Alfredo


Si el país pudiese ilustrarse con una persona que se levanta todos los días y empieza a transcurrir las 24 horas de la jornada, se lo vería con paso vacilante, andando de acá para allá sin saber muy bien hacia dónde ir. Si esa mirada cobrara perspectiva y se observara el camino recorrido en meses o años, pues seguramente la trayectoria desorientará a quién se detenga a analizar su andar.

La Argentina bicentenaria se ha convertido en un país sin prioridades. No hay ninguna lista sobre la mesa que permita prever cuáles serán sus próximos pasos. ¿Puede un país transcurrir décadas sin ninguna hoja de ruta que proyecte, al menos en forma teórica, un camino a desandar? Por experiencia podría decirse que sí, que efectivamente se puede andar como un barrilete sin hilo o como un globo suelto. El problema son las consecuencias que semejante carencia de proyecto genera.

Por caso, durante estos días se discute en el Congreso el presupuesto. Unos y otros alegan sobre los gastos del Estado y la forma en que se van a recaudar los impuestos. De eso se trata un presupuesto, a fin de cuentas, cuántos impuestos se cobran y dónde se destina cada peso que ingresa al fisco.

Sin embargo, mientras la inflación corre al 100% anual y el gasto público no se detiene, este país sin prioridades mantiene la vigencia del Previaje III, un programa de preventa turística que reintegra el 50% del valor de los viajes a todos los destinos de la Argentina que se hicieron desde el 10 de octubre pasado y que se realicen hasta el 5 de diciembre próximo.

Es decir, mientras la pobreza crece y faltan recursos para millones de argentinos, se subsidia el 50% de los viajes, vacaciones o no, de un pequeño grupo que puede vacacionar entre octubre, noviembre y diciembre. ¿Existe una muestra más concreta de semejante falta de prioridades?

Podrían darse decenas de ejemplos. Por caso, se maquina quitar las elecciones primarias (PASO) y la excusa es presupuestaria. Se usa “el gasto” como simulación perfecta para impulsar un debate que esconde cálculos políticos. Ahora bien, ¿alguien se preguntó qué es preferible, si conviene subsidiar el turismo o acotar la democracia? Nadie.

Semejante falta de tutorial para entender por dónde caminar genera enormes inequidades. Pero así estamos, ante una hoja de ruta en blanco que ya no parece que vaya a ser completada por la administración del presidente Alberto Fernández. Le tocará al próximo; hablar de rumbo es pensar en lo que vendrá después de las elecciones presidenciales del año próximo.

Sin embargo, la anomia en la gestión desata una enorme puja en el corazón del Estado. Cada cual se acerca al decisor más cercano en busca de una porción a través de una regulación que mejore la precariedad en la que se apoyan la mayoría de los sectores económicos y sociales. Nadie mira el todo; coleccionan figuritas sin álbum.

Eduardo Levy Yeyati es doctor en Economía por la Universidad de Pennsylvania y decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Di Tella (UTDT). Además, es investigador principal del Conicet y autor, entre otros títulos, de Porvenir. Caminos al desarrollo argentino.

Según su mirada, uno de los puntos críticos es la falta de liderazgo del Presidente. “Esa falta de liderazgo o claridad estratégica desnuda la apropiación del Estado por grupos de interés que tiene posibilidad de estar cerca del funcionario. Cada una de estas medidas que no tienen un horizonte y que están desconectadas tienen un beneficiario. Hay muchos actores a los que les llega el beneficio de esa política sin prioridades, ya que logran imponer su tema de interés”, dice.

Justamente, la falta de coordinación, las medidas inconexas, generan estos nichos de privilegios. Y claro, en medio del caos, los que llegan primero se llevan la mejor parte. O la única, en algunos casos.

“Lo primero que se me viene a la mente es pensar qué bueno sería un presupuesto base cero –dice Gustavo Marangoni, politólogo, expresidente del Banco Provincia y director M&R Asociados–. Eso sería resetear todo el gasto público y decir que no se incluye algún gasto para 2023 porque simplemente está, sino estudiar si se lo incluye de acuerdo al rediseño de lo que se quiere hacer. Claro que eso es muy difícil hacer, porque cada cual tiene su franja de presupuesto. Todos están de acuerdo en el equilibrio o el superávit fiscal, pero en tanto y en cuanto no se toque una línea de presupuesto o una exención impositiva que afecte un programa o una promoción”.


Mucho ruido

En la búsqueda de una explicación, Marangoni considera que “la inestabilidad sistémica de la Argentina” es lo que impide encarar ese tipo de pensamiento estructural. “En medio del ruido que genera una economía que va a casi tres dígitos de inflación; un banco Central que tiene su hoja de balance destruida; una metodología económica que va parche tras parche y siempre en la gambeta corta, es muy difícil tener una mirada de conjunto. Si tuviésemos estabilidad, nos preguntaríamos por qué gastamos tanto en un lado y tan poco en otro. Pero, al perder dimensión de eso, se pierde capacidad estratégica”.

Marangoni hace algunas consideraciones que varios en el mundo de la obra pública comparten: “Cuando se mira el presupuesto, se observa que la mayor parte se va en salarios y seguridad social. Queda poco, por ejemplo, para inversión en infraestructura. Y cuando se hace un zoom en ese rubro, en realidad uno se pregunta sobre la productividad posterior de esa infraestructura”. Se refiere a las llamadas obras que no generan riqueza. Por caso, un cordón cuneta trae beneficios concretos a los frentistas y vecinos, pero una autopista, una ruta asfaltada, un puente o un puerto aportan al desarrollo del país. Esa lógica de la prioridad en épocas de frazada corta no se la ve por ningún lado.

Levy Yeyati grafica la falta de un programa global de una manera cruda. “Hay una descuartización; un desmembramiento del Estado a manos de diferentes grupos que piden por sus intereses. Eso genera un resultado final regresivo. Porque los más pobres tienen menos voz. El resultado final es que esa falta de prioridades genera una política regresiva. Hay dueños de beneficios en medio de este escenario de alta inflación”, sostiene.

Hace muy poco se reeditó un libro que Jorge Bustamante escribió en 1988. La Argentina corporativa –así se titula–, apunta a describir qué sucede con una sociedad bloqueada.

“La sociedad argentina ha tenido tantas experiencias traumáticas en lo económico que cada uno intenta lograr lo que puede. No hay nadie que ponga las prioridades”, explica Bustamante, que fue subsecretario de Economía en 1982. Y propone un ejemplo. “Cuando escucho un funcionario que dice que va a recibir sector por sector para analizar el problema, yo no lo puedo creer. Todos tiene sus problemas reales, pero cuando un funcionario los llama, cada uno de ellos, y con razón, prepara cuchillo y tenedor. Por eso tenemos políticas que no se encuadran en un todo y solo obedecen al interés sectorial”.

En uno de los párrafos de su obra, al preguntarse por las causas de la parálisis colectiva, dice: “Es válido entonces preguntarse por qué la República Argentina ha adoptado con tanto entusiasmo las reglas del juego del atraso. El sistema económico argentino es hoy el resultado, entre otros factores, de una larga historia de presiones sectoriales regularmente acogidas por un Estado habituado a contar con recursos extraordinarios para sufragarlas. El frondoso reglamentarismo surgió como forma inorgánica de canalizar dichas presiones, obteniéndose resultados globalmente no deseados, plagados de contradicciones y neutralizaciones recíprocas”.

Quizás un ejemplo extremo de esto sea la actualidad cambiaria argentina. ¿Cuál sería la respuesta si este cronista le hace al lector una simple pregunta: cuánto vale el dólar?

Es posible que lo primero que le venga a la mente a quien se sorprenda con esta pregunta es otro interrogante: “¿Cuál?” Pues tenemos un dólar para cada actividad, desde el dólar turista emisivo hasta otro que se reconoce para el receptivo, pasando por el dólar ahorro, el oficial o el Coldplay (en referencia al que tendrán que pagar quienes contraten artistas en el exterior). Es decir, cada sector se ha posicionado en un tipo de cambio de acuerdo a su posibilidad de hablarle al oído al regulador.

“Hay una gran desgobernabilidad –afirma Levy Yeyati, un economista que trabaja en los equipos técnicos de Juntos por el Cambio, específicamente, en los que tienen los radicales–. El gobierno tiró la toalla y está entregado a estos grupos de interés. El liderazgo debería ordenar y generar equidad. La ilustración más clara de esta presión sectorial es la UIA [Unión Industrial Argentina], que ante la falta de moneda extranjera pide que sean ellos los que reciben los dólares baratos para producir, mantener la actividad, el empleo. Ahora, eso implica desconocer al resto. Por ejemplo, penar el dólar Qatar, para los que viajan al exterior. EL Ahora 30 es igual. Hay muchas empresas que se ganarán beneficios legales. Pero claro, se validan precios que están muy por encima de los valores reales”.

A partir de este ejemplo, el programa de cuotas fijas con interés por debajo del índice de precios al consumidor llama a preguntarse: ¿cuál es la prioridad del Gobierno, mantener el consumo o bajar la inflación? No está claro, pero pareciera que la primera contraría, quizá, a la mayor preocupación de los argentinos según todas las encuestas, que siempre marcan el aumento de precios al tope de la lista.


Lo que viene

Lo que viene, claramente, tiene que ser abordar la prioridad que el ciudadano de a pie considera determinante: bajar la inflación. Más allá de las incursiones por el planeta de los sueños que hace Alberto Fernández cada vez que intenta explicarla por la guerra, la pandemia o la herencia de Mauricio Macri, la sociedad necesita dominar ese flagelo de tres cifras que afecta a un puñado de países marginales en el contexto económico mundial.

Lo que viene será, irremediablemente, un plan de estabilización. “Si. No se puede crecer u operar sin un mercado libre de cambios”, contesta el economista Fausto Spotorno al ser consultado sobre la necesidad de ir hacia una unificación del tipo de cambio.

Algo de esto también señaló Emmanuel Álvarez Agis, titular de la consultora PxQ y ex viceministro de Economía durante la gestión de Axel Kicillof. “Acá se escucha que no hay que subir las tarifas, porque es de derecha; o las retenciones, porque es de izquierda; o peor, que uno es macrista o kuka. No se suben impuestos porque están los libertarios, no se baja el gasto porque están los movimientos sociales. Mientras las herramientas de política económica sigan coloreadas de uno u otro color, vamos a seguir queriendo martillar un clavo con un destornillador”, dijo esta semana durante su presentación en el seminario anual de la Asociación Argentina de Presupuesto (ASAP).

Luego, redondeó: “Se ha generado consenso sobre la necesidad de un plan de estabilización”. Según su visión, con el régimen de alta inflación que hoy existe en la Argentina “las políticas más clásicas no alcanzan”, en referencia a lo fiscal, lo monetario y lo cambiario.

Levy Yeyati, que trabaja también en “lo que viene”, concuerda: “Si no se corrige el desajuste fiscal, podemos tener un plan de estabilización que nos dé seis meses de calma, pero después, volvemos a empezar con los problemas”.

Esta sería una hoja de ruta probable: “El ordenador es un liderazgo como para poner todo sobre la mesa, desde pequeños planes, beneficios o grupos grandes, y coordinar. Fundamentalmente, revertir el mecanismo de falsos beneficios”.

Para eso se necesitan, según su visión, tres requisitos. “Primero, convicción y un gobierno de coalición con un mínimo de apoyo; después, tiempo. Es decir, hay una necesidad de que los grupos de interés no obstruyan, y finalmente, poder”.

Parece fácil, pero ninguno de los tres requisitos, al parecer, estará sobre la mesa hasta la regeneración del poder después de un paso electoral. El tirón es largo e inestable. En el medio, los habladores al oído de un gobierno aturdido corren con ventaja. Un sálvese quien pueda mientras algunos se ilusionan con un salvamento masivo.