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24/06/19

El regreso del círculo rojo

Agustín Prinetti, alumno de la Licenciatura en Ciencia Política de la UTDT, escribió acerca de los cambios en la dinámica electoral en este año electoral. "El terremoto que sacude a todos los sectores de la política argentina tiene un denominador común: la dirigencia ha vuelto a mirar al círculo rojo antes que al electorado", planteó Prinetti.

Por Agustín Prinetti

El terremoto que sacude a todos los sectores de la política argentina tiene un denominador común: la dirigencia ha vuelto a mirar al círculo rojo antes que al electorado.

La dinámica electoral de este año parece, a simple vista, muy similar a las últimas que ha vivido la Argentina. Desde la elección legislativa de 2013 persiste (y se hace cada vez más grande) una polarización entre los votantes.

Polarización no implica solamente que la mayoría de los electores se incline por dos opciones. Desde aquella competencia cerrada entre Sergio Massa y Martín Insaurralde en la provincia de Buenos Aires ha existido otra constante: antes de los comicios, nadie está seguro de quién va a ser el ganador. Pasó en 2013, en 2015, en 2017 y todo indica que volverá a pasar este año. Nuestras elecciones están polarizadas porque son, a la vez, antagónicas y competitivas. Y las de este año seguramente no sean la excepción.

Sin embargo, el escenario preelectoral de este año tiene una particularidad: la política parece estar mirando mucho más hacia adentro de sí misma que hacia afuera.

Esto se evidencia, por ejemplo, en un claro cambio de estrategia por parte del oficialismo. Marcos Peña y Jaime Durán Barba siempre atribuyeron su éxito al hecho de que sus estrategias electorales estuviesen pensadas desde la demanda y no desde la oferta. La innovación del PRO consistía en mirar qué quiere la gente de a pie en vez de qué quieren los políticos, periodistas, académicos o empresarios (el famoso círculo rojo). Esto identificó al partido con una forma de gestión alejada de la "rosca", algo que Juan Carlos Torre bautizó en el último Congreso Nacional de Ciencia Política como la "política descafeinada".
Miguel Ángel Pichetto y Mauricio Macri

En 2015, por ejemplo, el círculo rojo pedía que Mauricio Macri y Massa formaran una coalición para disputarle el poder al kirchnerismo. Encuestas en mano, el PRO descartó la posibilidad argumentando que esa alianza no era bien vista por el electorado. Parafraseando a Durán Barba, en política hay sumas que terminan restando.

La decisión de sumar a Miguel Ángel Pichetto como candidato a vicepresidente difícilmente se explique desde aquella perspectiva tan alejada de la política tradicional. El flamante compañero de fórmula es, con todas las letras, un animal político. Un gesto dice más que mil palabras: invocando "la guía de figuras señeras como Carlos Pellegrini, Elpidio González, Hortensio Quijano, Carlos Perette y Vicente Solano Lima", Pichetto anunció en Twitter su incorporación al gobierno que sacó a los próceres de los billetes.

La gente de a pie no conoce demasiado a Pichetto, y entre quienes lo conocen la mayoría no parece tenerle aprecio. Luciano Cohan, socio de la consultora Elypsis, publicó recientemente los resultados de una encuesta semanal sobre su imagen. Hasta ahora, la negativa prevalecía tanto entre los simpatizantes de Macri como entre los de Cristina Kirchner. No obstante, luego del anuncio de su candidatura, la negativa se disparó para los kirchneristas, mientras que para los macristas se derrumbó y fue superada por la neutral y la positiva. El partido ya no cambia su estrategia según las preferencias de la gente. Ahora la gente cambia sus preferencias según la estrategia del partido.

Del otro lado de la grieta también están mirando al círculo rojo. Cuando Cristina anunció su decisión de postular a Alberto Fernández como candidato a presidente, este no era un dirigente popular en el electorado, ni siquiera uno particularmente conocido. No obstante, la movida fue clave para negociar la incorporación de otros dirigentes, garantizar el apoyo de varios gobernadores y evitar un rechazo categórico de los mercados.

Por último, en el centro político parecen haber tomado nota de una paradoja: aunque la grieta se agranda, cada vez entran en ella menos dirigentes. En elecciones anteriores, siempre había uno o más espacios que buscaban seducir a aquellos votantes que no estaban contentos con ninguno de los dos extremos. Esos votantes siguen estando ahí, pero la mayoría de los dirigentes competitivos que intentaban arrastrarlos a una tercera vía han abandonado esa pretensión para unirse a alguno de los polos.

¿Por qué esos dirigentes, que repetían entusiasmados en televisión que "la mayoría no quiere ni a Macri ni a Cristina", decidieron irse con Macri o con Cristina? Probablemente porque interpretaron que las encuestas solo cuentan una parte de la historia: las preferencias de los ciudadanos no necesariamente se traducen en votos y, a veces, la iniciativa política y las estrategias de las élites terminan afectando la decisión en el cuarto oscuro. Visto desde ese punto, tal vez sea más conveniente acoplarse a uno de los extremos que volver a ser víctima del voto útil, el voto bronca, el voto con la nariz tapada y demás variantes.

En suma, el terremoto que sacude hoy a todos los sectores de la dirigencia argentina tiene un denominador común: las élites políticas (aun las que miran con recelo a la política tradicional) están actuando de forma endogámica. La política descafeinada parece estar retrocediendo para devolverle al círculo rojo cierta centralidad.