En los medios

Clarín
4/02/19

El fin de ciclo en Venezuela seguirá moviendo el tablero latinoamericano

Carlos Pérez Llana, profesor del Dpto. de Ciencia Política y Estudios Internacionales de la UTDT, escribió sobre la agenda de la nueva conducción opositora venezolana. De acuerdo con el experto, "es el fruto de una renovación generacional que no encarna la vieja política".

Por Carlos Pérez Llana
En el medio de fuertes presiones internacionales y con la calle movilizada, resulta difícil imaginar la sobrevivencia de Maduro, lo más aconsejable es pensar en términos de transición.

Un primer escenario, que pierde sustancia día a día, consiste en una transición conducida por sectores del régimen, en el segundo, la oposición se hace cargo del gobierno en un contexto de complejas negociaciones internas y externas. El primer caso evoca la caída de los regímenes comunistas en Europa Central y el inicio del post-comunismo, el segundo es un escenario abierto que está en pleno desarrollo.



La agenda de la nueva conducción opositora venezolana, expresada en el liderazgo de Juan Guaidó, es inteligente. Está centralizada, es el fruto de una renovación generacional, no encarna a la vieja política y eligió correctamente una estrategia internacional.

Aprovechando el vacío institucional, que se produjo cuando Maduro renovó su cuestionado mandato, potenció un intersticio favorable para la Presidencia de la Asamblea legitimada por el voto.

De allí en más construyó poder. Velozmente capitalizó el stock diplomático del Grupo de Lima, buscó el apoyo de la Unión Europea y contó desde el vamos con el apoyo de Washington.

De esta forma buscó evitar que su proyecto quedara prisionero de la lógica de Trump, sabiendo que el sentimiento nacionalista de la región podía utilizar el recuerdo de la historia intervencionista para deslegitimar el operativo.
Hasta aquí esa estrategia funcionó. Hoy en América Latina es patético observar las contorsiones diplomáticas de México y Uruguay.

López Obrador, un político parroquial, optó por aplicar la desteñida Doctrina Estrada, basada en la no injerencia en asuntos internos de otras naciones, un pretexto, ya que esa Doctrina no fue aplicada cuando México apoyó el levantamiento castrista, a los contras nicaragüenses y a la revolución salvadoreña.

En verdad López Obrador optó por satisfacer los intereses de sectores de su partido históricamente alineados con La Habana.

Lo mismo se observa en Montevideo, en el Frente Amplio sobrevive un subconjunto jurásico que participa en el diseño ideológico de la política exterior regional. En definitiva, en América Latina se está cerrando el ciclo de la revolución cubana que ensaya la resistencia gestionando una constelación diplomática cuyo núcleo duro es Cuba y que incluye a algunas islas caribeñas, Nicaragua, a la Bolivia de Evo Morales y que suma a estos dos países que reclaman tardíamente diálogo y mediación.

El momento para esas mediaciones prescribió, luego de los fracasos del Vaticano, cuestionados por la Iglesia venezolana, y de las gestiones de Rodríguez Zapatero, que en España sólo encuentran sustento en el dividido Podemos.

Ahora bien, ¿cuál es camino que tiene por delante el presidente Guaidó? Internamente la clave pasa por lograr la fractura del poder. Para ello aprovecha el descontento popular y el potencial simbólico que implica la masiva fuga de millones de personas.

La gran apuesta de Guaidó consiste en aprovechar la oferta de un salvoconducto para los sectores militares que están dispuestos a abandonar a Maduro. Se trata de un lote compuesto por influyentes arrepentidos y por oficiales que hoy no participan de las decisiones de la cúpula.

Además Guaidó, que no posee los recursos de poder, utiliza la diplomacia financiera para asfixiar al régimen y para bloquear las cuentas en el exterior de la boliburguesía.

En este plano, el punto de inflexión fue alcanzado cuando Trump autorizó el bloqueo de las cuentas de la Empresa Petrolera PDVSA y cuando en Gran Bretaña quedaron congeladas parte de las reservas de oro del Banco Central venezolano.

En el plano simbólico resulta inteligente, y funcional, avanzar en una dimensión no menor: ofrecer esos apoyos y recursos para el armado de un Fondo destinado a financiar un plan de emergencia alimentario y de salud.

La estrategia pasa por mostrar a un equipo que se está preparando para gobernar, por eso el mensaje pasa por nombrar Embajadores en plena acción y mostrar que existen recursos financieros disponibles para encarar la emergencia humanitaria. La idea de mostrar un camino con apoyos externos, simboliza el retorno al mundo y la certeza de volver a explotar las riquezas de un país empobrecido.

En este tablero hay que sumar a dos protagonistas que el Presidente convocó a negociar al presentar su programa: China y Rusia. China hace su juego, invirtió en petróleo , oro y colton.

Prestó aproximadamente 60.000 millones de dólares y en pago se lleva el 40% de la producción de petróleo.
¿Qué factores intervienen en sus decisiones? A China le interesa evitar la imagen colonialista- tiene problemas en África y Asia- , cobrar la deuda y mantener relaciones comerciales.

Guaidó lo sabe y no ignora que Pekín se concentra en una cuestión donde Trump juega un papel no menor: el 1º de marzo vence el armisticio comercial pactado en el reciente G20. Rusia busca cobrar la deuda por ventas de equipos militares y le interesa el petróleo: las petroleras rusas Rosneff y Lukoi poseen inversiones en Venezuela. Para Putin ser expulsado del juego caribeño constituye un daño geopolítico.

Su ambición consiste en lograr el status de potencia global compitiendo en el patio trasero de los EE.UU. Este fino estratega sabe que el fin del chavismo constituirá una pérdida irreparable, así se explica porque aviones rusos trasportan el oro de las reservas venezolanas. 
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