En los medios

La Nación
8/11/18

Educar para el trabajo del futuro

El decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT analizó en su escrito el impacto de las tecnologías en el empleo. "La respuesta educativa al desafío del empleo debe incluir algunos ingredientes mínimos que aún no se consiguen en la Argentina", advirtió Levy Yeyati.

Por Eduardo Levy Yeyati
¿Cómo afectará la tecnología los empleos? En el pasado, los expertos señalaron cómo la tecnología tendía a reemplazar las "tareas de rutina" de los trabajos de calificación media (ocupaciones fabriles de cuello azul y ocupaciones administrativas de cuello blanco), preservando los extremos (las tareas "abstractas" calificadas que requieren persuasión, creatividad o resolución de problemas, y las manuales no rutinarias, poco calificadas, intensivas en adaptabilidad situacional y reconocimiento visual y de lenguaje).
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Sin embargo, con el avance de la inteligencia artificial, empleos poco calificados (conductores, repartidores) y muy calificados (médicos, contadores, programadores) se vuelven parcialmente automatizables. Todo esto se traduce no solo en mayor polarización salarial y en una distribución de ingresos más desigual entre trabajadores; también modifica los modos de producción, eliminando actividades, y los modos de contratación, favoreciendo el empleo independiente y flexible.

Este desplazamiento no es un problema de país rico: los trabajos argentinos, por caso, son mayormente de rutina, de calificación media y baja, los más expuestos a la sustitución. Además, el reemplazo gradual de empleos asalariados por trabajos independientes o a demanda conlleva la necesidad de extender a estos los beneficios laborales, por ejemplo, haciéndolos acumulativos y portátiles. Y nuestro trabajador independiente promedio, con escasa formación y una oferta educativa poco pertinente a las nuevas demandas laborales, está mal equipado para enfrentar el impacto de la tecnología. El mantra "+ educación + emprendedurismo", postulado a veces como respuesta al futuro del trabajo, se queda corto en nuestro caso.

Los expertos coinciden en que las ocupaciones más resilientes a la automatización serán las intensivas en "inteligencia social" y "creatividad". El cuidado de ancianos y la educación primaria son ejemplos del primer grupo, pero hay muchos otros en la misma línea: el diagnóstico automatizado reducirá la carga de trabajo del clínico, pero no su interfaz humana con el paciente; lo mismo podría decirse de los servicios de atención al cliente, la interacción comercial o la programación. Si las TIC (tecnologías de información y comunicación) eran el trabajo del futuro hace 10 años, hoy la empatía se insinúa como la próxima trinchera del trabajo humano.

La creatividad, por su parte, puede referirse a nuevas ideas y soluciones prácticas: dado que la inteligencia artificial no es una máquina de Turing, sino un aprendiz sorprendentemente rápido de lo que ya existe, esta innovación seguiría siendo exclusiva del hombre, al menos por un tiempo. Pero la creatividad tiene una segunda connotación, más desafiante. En 1936, Walter Benjamin argumentaba que la diferencia entre la Gioconda y una buena reproducción mecánica de la Gioconda reside en el "aura" de la primera, la singularidad de fuente y contexto que le otorga su enorme valor (y precio). Hoy que la inteligencia artificial puede pintar un lienzo o escribir una pieza musical, ¿puede reproducir el "aura"? Si, como espero, lo artístico y lo artesanal sobreviven a la reproducción mecánica del proceso de creación, esta variante de la creatividad debería ser parte esencial de la nueva educación.

Pero, más allá de contenidos y orientaciones, la respuesta educativa al desafío del empleo debe incluir algunos ingredientes mínimos que aún no se consiguen en la Argentina: una educación superior con programas más cortos, en sintonía con la mayor rotación laboral y el rápido cambio en las habilidades exigidas (en el futuro, todos seremos "estudiantes crónicos"); alguna variante de la educación dual de aula y empresa para los estudiantes que abandonan sin un título la educación formal (muchas veces por dudas bien fundadas sobre sus retornos); formación profesional para los trabajadores adultos expuestos a la automatización y el desplazamiento. Y, en todos los casos, un mejor maridaje entre la capacitación y las demandas del mercado, a través de una interacción continua entre el sector público, las empresas y los sindicatos.

El autor es Decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT 
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