Di Tella en los medios

Europa olvidó lo que era

Miércoles 22 Febrero 2012

La Nación
Por Juan Gabriel Tokatlian. El autor es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella
El pensamiento antiguo de Oriente y las letras contemporáneas en Occidente pueden entrelazarse y dar algunas pistas del laberinto en que ha ingresado Europa, del cual no parece encontrar salida. No se trata de descontextualizar miradas, autores y argumentos, sino de tender puentes menos convencionales para, con los límites obvios de tiempo y espacio, hacer lecturas más diversas, alternativas o complementarias, sobre la actualidad del viejo continente.

Comencemos por el pasado y el mundo del Islam. Ibn Khaldun (1332-1406), historiador, sociólogo, filósofo, economista, demógrafo y estadista tunecino del siglo XIV, quien según Arnold Toynbee había forjado una filosofía de la historia que constituía "el trabajo más grande que jamás haya sido creado", nos ha legado una notable reflexión que, en tiempos agitados, aporta al entendimiento de la evolución humana, así como de las formas colectivas de organización.

En la que quizá sea su obra más trascendental, el Muqaddimah (o Prolegómenos) a su Historia Universal ( Kitab al Ibar ), Ibn Khaldun narra, entre otros, los ciclos que atraviesan tribus, dinastías y civilizaciones. En su minucioso estudio, analiza el proceso de auge y caída de pueblos, gobiernos e imperios. Destaca cinco fases que cubren tres generaciones. En una primera instancia -que coincide con una primera generación- se manifiesta, con vigor y esfuerzo, la búsqueda del ascenso, que culmina en la obtención del éxito. En un segundo momento se administra el logro alcanzado y se reafirma la energía para preservarlo. Luego se produce el goce de la riqueza acumulada, tiende a revelarse el ocio y se debilita el poder conseguido. En un cuarto estadio, la laxitud conlleva al contentamiento y el conformismo. En la quinta y última época predominan la desproporción, la disipación y el malgasto.
Un hilo conductor recorre el ascenso y el declive de familias, naciones y culturas: la asabiyah , que es la expresión de la solidaridad, de la fortaleza de la cohesión, de la identidad de intereses, del sentimiento de pertenencia. En el comienzo y el apogeo es la existencia de la asabiyah la que cimenta y moviliza a los grupos humanos (y los Estados) para alcanzar el pináculo (de poder y bienestar); en la decadencia, su ausencia acelera la pérdida (de influencia y prosperidad) y el colapso final.

Ibn Khaldun, que vivió y experimentó la turbulencia que marcó el complejo declinar del mundo islámico, explica históricamente los cambios de la vida social, política y económica mediante un conjunto de observaciones que procuran ser universales, tanto espacial como temporalmente. Comprende las limitaciones que impone el ambiente (interno y externo), así como la relevancia que tienen los factores materiales. Pero al fin le asigna a la asabiyah un lugar decisivo. Ello remite al mundo de los valores: su presencia, vigencia y carencia son esenciales para que en toda época y lugar las sociedades se organicen, se desarrollen o se desintegren.
En estos tiempos, la última novela policial del griego Petros Márkaris, Con el agua al cuello , se centra en una serie de asesinatos en Atenas en medio de la tremenda crisis que padece Grecia. En un pasaje de su atrapante texto, se produce una tensa conversación entre un comentarista y una conductora griegos y un señor holandés, Henrik de Moor, quien trabaja en la agencia de calificación de riesgo Wallace and Cheney (y quien después será uno de los asesinados). El comentarista comienza el reportaje y asevera que la sociedad del bienestar griega ha adoptado medidas de ajuste muy dolorosas. Entonces, De Moor le responde: "¿La sociedad del bienestar? ¿Qué sociedad del bienestar? Europa descubrió la sociedad del bienestar después de la Segunda Guerra Mundial bajo la influencia de los países comunistas. Estos hablaban continuamente de esa sociedad y Europa occidental adoptó la idea para contener el avance del comunismo. Las sociedades del bienestar se vinieron abajo en 1989, señor Galanópulos, y créame, no se ha perdido nada? Las sociedades del bienestar no existen? Sólo existen los grupos de presión. Empresarios que luchan para defender sus intereses, trabajadores que luchan por los suyos? La sociedad a la que usted alude es un invento". Y continúa: "A mí me parece lógico que los que más invierten, los que crean empresas y los que generan puestos de trabajo obtengan mayores beneficios y privilegios. Nos guste o no, son los poderosos los que impulsan a la sociedad y los débiles los siguen? Para concluir, diré que uno de los factores que provocaron el desmoronamiento de su país es su incapacidad para asentar sobre unas bases sólidas las relaciones entre los distintos grupos sociales". Y realmente concluye, ante una pregunta final: "Por eso le he dicho, señor Galanópulos, que la sociedad a la que usted alude no existe. Si existiera, sería la Unión Europea".
Probablemente sin proponérselo, el griego y occidental Márkaris -traductor, dramaturgo, guionista y narrador nacido en Turquía de padre armenio y madre griega- ponía en palabras del hombre de negocios holandés aquello que el tunecino y oriental Ibn Khaldun había discernido como fundamental para explicar el auge y la caída de familias, naciones, Estados y civilizaciones: la existencia o la pérdida de la asabiyah .

Si Europa supo, a fines de los años 40 del siglo XX y después de una desgarradora experiencia bélica, que el secreto de su nueva paz y de su prosperidad en ciernes estaba íntimamente vinculado y directamente fundado en la solidaridad, en la cohesión, en la identidad de intereses, en el sentimiento de pertenencia -en la asabiyah -, la Europa de hoy, ensimismada en su laberinto, parece no darse cuenta de que ha sido el abandono de aquélla lo que la trajo hasta esta encrucijada.
Márkaris, a través de las palabras de Henrik de Moor, sitúa en la fase final de la terminación de la Guerra Fría el desmantelamiento más acelerado del Estado de Bienestar en Europa. La última generación de europeos en los recientes cinco lustros ha ido adoptando políticas que han agrietado los pilares de aquello que le dio su mayor fortaleza: una sociedad solidaria y cohesiva, con más protección social y menos desigualdad económica.

En ese sentido, una parte no irrelevante de las decisiones de la Unión Europea (UE) después del fin de la Unión Soviética ha sido errada: entre otras, aisló a Rusia, se subordinó más a Estados Unidos y siguió cobijada bajo el paraguas de la OTAN, sin procurar autonomía militar; prefirió expandirse en número antes que profundizar cualitativamente su proceso integrador; en aras de asegurar una voz en Occidente -que resultaba cada vez menos audible-, careció de una estrategia coordinada hacia China y los países emergentes; burocratizó sus estructuras institucionales en vez de democratizarlas; se concentró más en los negocios que en los ciudadanos; confió en exceso en las virtudes del mercado en desmedro del Estado; abandonó políticas industriales activas y toleró burbujas temporales nada productivas; proyectó una política exterior y defensa común que jamás existió en los temas sustantivos; creó una moneda, el euro, pero en el marco de esquemas de soberanía política tradicionales; se lanzó -en la mayoría de los casos, sin suficiente consenso interno- a aventuras militares (unas belicosas, otras humanitarias) equívocas de las que viene pagando costos domésticos, humanos, diplomáticos, simbólicos y geopolíticos, y pretendió limitar (especialmente Francia) un redespliegue de una Alemania asertiva después de la unidad derivada del derrumbe del bloque soviético y descubrió tardíamente que el eje económico europeo no pasa por muchas capitales sino por Berlín.

Nadie le impuso a Europa esas decisiones; Europa se las autoadministró. En el camino, se agrietó la solidaridad, se debilitó la cohesión, se resintió la identidad y se afectó la pertenencia. En otras palabras, si el ideal original de Europa, luego refrendado a través de la UE, era conformar un gran Arca de Noé fraterna, incluyente y equilibrada, el último cuarto de siglo ha mostrado el eclipse de ese ideal y, con ello, una consecuencia no planeada: la sustitución de aquel navío plural y protector por la creciente consolidación de una nave insignia, Alemania, que sobre-determina el destino y el contenido de la flota europea.

Dos ejemplos muy recientes simbolizan el estado de cosas en Europa. Un (¿otro?) caso de decisión económica disciplinante y notablemente influida por Berlín fue la celebración de un tratado internacional -que entraría en vigor el 1° de enero de 2013- para consagrar el principio de austeridad en la Unión Europea: nada de revitalizar la capacidad industrial, generar más empleo, elevar la inversión científico-tecnológica, asistir a los más desprotegidos. Otro caso inquietante, desde la política, fue que representantes de la ultraderecha se reunieron en Viena en el palacio imperial de Hofburg para llevar a cabo un baile? en el Día Internacional en Memoria del Holocausto: unos 3000 manifestantes protestaron contra la realización del evento.

Deterioro económico y regresión democrática van, cada vez más, de la mano; algo que no es privativo de Europa ni de Occidente y que nos debe servir de lección en América latina, en general, y en la Argentina, en particular. Sin embargo, en el viejo continente reflejan algo más hondo que trasciende la cuestión del "modelo económico" que ha ido imperando en los últimos tiempos o los "vicios del progresismo" que no supo, en el gobierno, hacer algo muy diferente de los conservadores y las derechas: se trata de una decadencia que ha ido madurando por años y que tiene en la manipulación y transformación de valores una pista muy interesante para explorar y polemizar. Ibn Khaldun y Petros Márkaris nos ofrecen ciertas luces: si no las vemos, es asunto de nuestra ceguera.