Di Tella en los medios

Joaquín V. González y la industria minera Rogelio Alaniz

Miércoles 15 Febrero 2012

El Litoral
Crónica política Si la explotación minera fuera algo parecido a lo que en el siglo XVIII hicieron los españoles en Potosí, habría que oponerse sin miramientos. ¿Es así? ¿Se pretende reeditar en La Rioja o en Catamarca un nuevo Potosí? No lo creo. Pero en todo caso sería interesante disponer de más información para indagar los detalles. Por lo pronto, de lo que estoy convencido es de que la minería es una actividad económica lícita que, como toda actividad económica que merezca ese nombre debe ser regulada por el Estado.
Al respecto me gustaría que alguien explique por qué lo que no se puede hacer en el Famatina se puede hacer del otro lado de la montaña, es decir en Chile. Tampoco sé si el común de la gente sabe que en Chile el cincuenta por ciento de su PBI se conforma con lo que aporta la industria minera. ¿Por qué ellos lo pueden hacer y nosotros no?

El problerma es que quienes se movilizan contra lo que está sucediendo en el Famatina no se oponen a una modalidad de exploración o explotación, se oponen a la actividad minera como tal. Al menos eso es lo que he leído. Si alguien plantea algo diferente me gustaria conocerlo, porque lo hasta ahora se conoce es la oposición total y absoluta a la explotación minera a partir de un conjunto de consignas destinadas a aterrorizar a la población. ¿Como en Gualeguaychú? Como en Gualeguaychú.

Tanto en un lado como en el otro se le ha dicho a la gente que va a morir envenenada, que respirar o tomar agua serán actividades mortales. Esto, en buen romance, significa terrorismo verbal, asustar a la gente con mentiras o con verdades a medias que poco y nada tienen que ver con la realidad. Sergio Berenzstein, docente de la Universidad Torcuato Di Tella, lo expresa con palabras muy claras: "Sería lamentable que la desinformación, el oportunismo, la demagogia y un falso fervor participacionista patriotero y xenófobo opaquen los efectos positivos de la actividad minera e impida que el corredor cordillerano se convierta en un motor de desarrollo similar al de la pampa húmeda".

"El Famatina no se toca" parece ser la consigna de quienes suponen que han encontrado la clave para oponerse al gobierno u oponerse al capitalismo en general. La consigna será promovida por progresistas pero a mí me recuerda el rezo de una comunidad salvaje atemorizada por las fuerzas del más allá. Lo siento por ellos, pero el Famatina se ha tocado, se lo está tocando y es muy problable que lo sigan tocando. Y además agregaría un detalle: está bien que así sea. Al Famatina hay que tocarlo, extraerle sus riquezas dormidas, desarrollar la industria minera.

No necesito aclarar que esto hay que saber hacerlo y hay que hacerlo bien, pero decir que "El Famatina no se toca", es tan descabellado como decir que la pampa húmeda no se siembra. No tengo ninguna simpatía por el gobierno nacional y, mucho menos, por el señor Beder Herrera, pero que no tenga simpatías no quiere decir que sea ciego o estúpido. Puedo ser muy crítico a un gobierno, pero si ese gobierno dice que hoy es sábado no voy a resolver mis diferencias diciendo que es viernes o domingo, cuando en realidad es sábado.

Lo vuelvo a recordar: al Famatina se lo viene tocando desde hace quinientos años por lo menos. Primero fueron los aborígenes locales, después los incas, quienes se ocuparon de trasladar el oro y la plata al Cuzco. Luego le tocó el turno a los españoles y, muy en particular, a quienes más contribuyeron a desarrollar esta actividad: los jesuítas. En 1810 señores como Mariano Moreno y Juan José Castelli estaban muy interesados en desarrollar la actividad minera. Algo parecido ocurrió con Rivadavia en 1824. Conviene recordar que para esa época en La Rioja se creó una Casa de la Moneda y Facundo Quiroga acuñó monedas de oro y plata, al punto que parte de su inmensa fortuna provenía de esa actividad.

En otros tiempos la actividad minera llegó a ser tan importante que, a principios del siglo veinte, es decir, hace más de cien años, se inauguró el "cable carril", un emprendimiento de casi cuarenta kilómetros de extensión que nace en la base del cerro y llega casi hasta la cima. Este "cable carril" no se construyó para trasladar a turistas, como creen algunos, sino cargamentos de oro y plata. Las nueve estaciones que se levantaron tampoco se hicieron para que los turistas descansen o saquen fotos, sino para asistir la actividad de traslado de los metales. El primer ferrocariil que llegó a la región lo hizo atendiendo a esas necesidades.

Quienes ahora parecen haber descubierto la pólvora y lanzan anatemas contra la minería, deberían saber que la película no empezó cuando ellos entraron al cine. Que la minería no se haya desarrollado en la Argentina no fue una victoria "verde" sino un fracaso nacional, uno de nuestros tantos fracasos en un país bendecido por las riquezas.

Nunca olvidemos que el hombre que más se preocuopó por desarrollar la mineria y legislar con un criterio progresista, fue Joaquín V. González. Acá no estamos hablando ni de Carlos Menem ni de Beder Herrera, sino de uno de los políticos más lúcidos de una generación lúcida como fue la del Ochenta. González sabía de lo que hablaba cuando opinaba sobre minería. Su paisaje vital fueron las montañas de La Rioja. Allí eligió vivir y eligió morir.

Tambien eligió promover la actividad minera. Fue el primer docente que dictó una cátedra en al UBA sobre legislación minera. Sus investigaciones se tradujeron en dos libros que siguen siendo importantes para entender esta actividad econónmica: "Legislación de minas", escrito en 1906, y "La propiedad de las minas", en 1917. Para González, la industria minera poseía un valor estratégico no sólo para La Rioja sino para la Nación. No era una fuente de renta según los anacrónicos criterios mercantilistas, sino una factor de riqueza social. "Ninguna otra industria, cuando está bien regida, vincula mejor y más íntimamente a las naciones con los progresos de las ciencias y la civilización en general, porque necesita del concurso de todos los perfeccionamientos y concurre a su vez a desarrollarlos", escribe.

Su colaborador inmediato, su mano derecha en estas inquietudes, era el ingeniero alemán Enrique Hünicken, un genuino pionero de la minería en Chile y la Argentina, un hombre que llegó a estas tierras en 1852 y nunca más se fue. Según González, Hünicken era un sabio, alguien que conocía como nadie los secretos más avanzados de la minería y la legislación que mejor podía corresponderse con esta explotación.

Según el autor de "Mis montañas", la minería necesita de las demás industrias y, muy en particular, de la agricultura. Observa, por último, que su desarrollo como industria conecta a las naciones con el progreso tecnológico y científico. "Si se quiere hacer verdadera industria de explotación de minas, hay que colocar alguna vez estos estudios en su propia región, en su propio medio, para formar el verdadero espíritu del minero. Y es necesario, cueste lo que cueste, hacerlo en la república para satisfacer las necesidades de estas industrias que son las grandes reservas que tenemos para el porvenir".

El que así escribía, no opinaba como un forastero o un turista. Tampoco era un depredador o alguien interesado en envenenar a sus semejantes. Y nadie, ni sus enemigos más feroces, se animaron a acusarlo de comisionista de las empresas mineras. Para tranquilidad de los nacionalistas, González fue uno de los pocos integrantes de su generación que no viajó a Europa. No necesitaba hacerlo, ni le interesaba. Su formación intelectual se correspondía con el liberalismo de fines del siglo XIX, pero había en él un singular interés por indagar las tradiciones de los pueblos, sus costumbres y sus relaciones con el paisaje. Sus ensayos -y muy en particular su libro "Mis montañas"- atestiguan esa singular visión de la realidad donde el liberalismo llegaba a confundirse con el socialismo reformista, sin perder vínculos con el tradicionalismo conservador.

Para quienes no lo conocen, bueno es saber que estamos hablando del hombre que proyectó el primer Código de Trabajo en la Argentina, iniciativa que fue boicoteada con parejo entusiasmo por la derecha conservadora y la izquierda. González fue el político que, junto con Roque Sáenz Peña, mejor entendió la necesidad de promover una profunda reforma electoral. También fue gobernador de La Rioja, ministro de Julio Roca y el fundador de la Universidad de la Plata. Su hijo, Julio, fue uno de los próceres de la reforma universitaria. Conclusión, La Rioja, a través de Joaquín V. González, le demostró a la Nación que su tierra no solo promueve personajes como Beder Herrera o la "Comadreja de Anillaco".