Di Tella en los medios
Clarín
3/02/17

La Guerra de Trumpfalia

Según el profesor plenario de la UTDT, "la Guerra de Trumpfalia simbolizaría el inicio de múltiples conflictos de potencial devastador en el plano global". En este sentido, "Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump se podría convertir en el mayor promotor de inestabilidad mundial", afirma

En 1648, la Paz de Westfalia “puso fin a un conflicto europeo más devastador que cualquiera otro antes del siglo XX”, como afirmara el historiador británico J.K. Elliott. Con los tratados de Osnabrück y Münster terminó la Guerra de los Treinta Años. La expectativa de una mayor estabilidad, el reconocimiento de nuevas realidades políticas y religiosas, la importancia de asegurar el monopolio de la fuerza en manos del Estado y el reacomodo de poder en Europa encontraron su lugar de expresión en el campo del derecho y las relaciones internacionales. El proceso de secularización, la aceptación del principio de soberanía territorial, la búsqueda del balance de poder, la relevancia de la igualdad entre los estados y la valorización de la diplomacia fueron el legado, promisorio y provisorio de Westfalia. En el fondo, se iniciaba, gradual y contradictoriamente, un nuevo orden; europeo en su comienzo, mundial con el correr de los siglos.

Hoy, 369 años después, estaríamos asistiendo al diseño de su contrario: la Guerra de Trumpfalia que simbolizaría el inicio de múltiples conflictos de potencial devastador en el plano global. Estados Unidos, bajo el mandato de Donald Trump se podría convertir en el mayor promotor de inestabilidad mundial. Las importantes transformaciones geopolíticas después del fin de la Guerra Fría y los paulatinos cambios en la distribución internacional de poder tuvieron un efecto paradójico en Estados Unidos: a pesar de ser el gran arquitecto y mayor beneficiario del ordenamiento liberal forjado después de la Segunda Guerra Mundial y de continuar siendo el primus inter pares en el concierto de las potencias, Washington ha decidido convertirse en una potencia insatisfecha y revisionista. En efecto, la estrategia de la primacía, que se esbozó en 1991-92, se plasmó definitivamente en la política exterior y de defensa estadounidense desde el 11 de septiembre de 2001: de acuerdo con dicha estrategia, Estados Unidos no tolera el surgimiento y avance de un poder de igual talla; sea éste un viejo enemigo con ambición desafiante (Rusia), una potencia emergente de aspiración global (China) o un tradicional aliado (la Unión Europea). Bush hijo la desplegó con vehemencia, Obama intentó calibrarla en sus dos mandatos y Trump parece decidido a implementar una primacía ofuscada y prepotente.

Trumpfalia expresa así una versión distorsionada y regresiva de Westfalia. En vez de reivindicar lo secular, reafirma el choque de religiones. Rechaza la idea de una soberanía relativa y propugna por un enfoque soberanista cuasi-absoluto y obsoleto. Descree de algunos de los méritos del balance de poder mundial y procura un costoso y peligroso desequilibrio de poder a favor solo de Estados Unidos, ni siquiera de Occidente en su conjunto. Aborrece de la igualdad formal entre estados y apunta, por todos los medios posibles, a ampliar las brechas inter-estatales. Desvaloriza la diplomacia en aras de exhibir un músculo coercitivo, militar y pendenciero.

Desde la campaña hasta la asunción, los dichos y decisiones de Donald Trump han sido elocuentes y consistentes: guerra total contra el terrorismo; reivindicación de la tortura como práctica de una situación bélica perpetua; lucha global sin cuartel contra el Islam fuera y dentro de Estados Unidos; provocación al mundo árabe anunciando el traslado de la Embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv a Jerusalem; intención de aplicar nuevas sanciones a Irán a pesar de que está cumpliendo con el acuerdo nuclear en 2015; hostilidad insólita hacia México, un vecino que nunca ha sido fuente de amenaza para Washington; proclama de una eventual guerra comercial contra China; descreimiento de los foros multilaterales como instancia moderadora de tensiones; estímulo a una eventual carrera armamentista en materia nuclear respecto a Moscú.

Mientras tanto, muchos demócratas y republicanos quieren “hacer algo”—entiéndase usar la fuerza en el exterior--ante el resurgimiento de una Rusia envalentonada después de Crimea y Siria, ante la nueva epidemia estadounidense debida al abuso de la heroína, ante la consolidación de Irán como poder regional en Medio Oriente, ante el programa nuclear de Corea del Norte y ante el progresivo fortalecimiento militar de China.

En breve, Estados Unidos, comparativamente el país más poderoso del mundo en materia defensa y el menos deteriorado económicamente entre las potencias occidentales, parece ingresar en una vorágine de inseguridad y exasperación a tal punto que, por diversas razones, está dispuesto a entrar en disputa con adversarios, aliados y socios. Esto se podría llamar Trumpfalia.

No debe sorprender entonces que el reputado Bulletin of Atomic Scientists ha vuelto a mover la aguja de lo que se conoce como el “reloj del fin del mundo” (Doomsday Clock). Por primera vez desde 1953 se situó una manecilla a 2 minutos y medio de las 12: la hora letal.

* Profesor plenario de la Universidad Torcuato Di Tella ( UTDT )