UTDT Prensa Escuela de Derecho listado_prensa.php?id_item_menu=423 Universidad Torcuato Di Tella es mgregori@utdt.edu (Marcos Gregori) web@utdt.edu (Roby Heymann) Universidad Torcuato Di Tella 2026 Prensa Escuela de Derecho listado_prensa.php?id_item_menu=423 http://www.utdt.edu/Images/logo_rss_blanco.gif 144 21 La dimensión moral en las políticas del gobierno | La Nación 29 May 2026 09:51:38 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23400&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23400&id_item_menu=423
El gobierno argentino muestra una performance muy pobre en materia económica, en donde se advierten todos los rasgos distintivos de una economía no integrada, desigual y en recesión prolongada - Rodriguez Yebra, Martin (Secretario de Política)

Hace un par de décadas, el filósofo israelí Avishai Margalit publicó un libro muy importante, con el título La sociedad decente. Dicho trabajo representó el punto culminante de una larga y diversa serie de estudios que vinieron a llamarnos la atención sobre la dimensión moral de la vida pública. Esta línea de estudios enfatizó el peso que debía asignarse a las cuestiones morales (más específicamente, cómo nos tratan los funcionarios públicos; cómo se desempeñan las instituciones en relación con nosotros, los ciudadanos) a la hora de evaluar a un gobierno o a un gobernante. El tema, según entiendo, adquiere particular relevancia en países como el nuestro, en donde, por un lado, aparece el Presidente describiendo las acciones de su jefatura en términos de “la moral como política de Estado”; y, por el otro, surgen algunos simpatizantes que lo defienden o excusan su desempeño, enfocándose exclusivamente en ciertos resultados materiales de la gestión (i.e., la baja de la inflación), dejando así de lado la dimensión moral de la misma. Dentro de dicho marco, quisiera realizar algunas precisiones vinculadas con aquello que podemos denominar una política “decente”.

Al respecto, comenzaría por señalar que estudios como el de Margalit llamaron la atención, desde un principio, por el modo en que subrayaron la importancia de las cuestiones morales frente a otras de carácter material (i.e., la igualdad o justicia distributiva) que habitualmente habían sido entendidas como prioritarias. Desde ya, trabajos como el de Margalit no pretendían afirmar que esa otra dimensión –la material– no resultara fundamental o decisiva a la hora de evaluar el desempeño de un gobierno. La que él se propuso fue, en cambio, destacar la particular relevancia del trato dispensado por las autoridades e instituciones públicas a la ciudadanía, a la hora de realizar tal balance. Margalit, en particular, vinculó la “decencia” o moralidad de ciertas políticas de gobierno con el carácter “no humillante” de dichas iniciativas; este fue el punto principal que desarrolló en su obra. Un gobierno decente, para él, no era (simplemente) aquel que cumplía con la ley o se mostraba eficiente (i.e., en la gestión económica). Lo esencial era que la administración en cuestión no degradara a sus miembros, no los humillara y trabajara fundamentalmente para impedir o evitar dicha humillación.

Margalit proponía prestar especial atención al compromiso manifestado por un determinado gobierno o gobernante con la dignidad humana. Para indagar acerca de la fortaleza de ese compromiso gubernamental, él se preguntaba: ¿es que el gobierno discrimina o maltrata sistemáticamente a ciertos individuos o grupos sociales? (i.e., ¿los insulta o relega en la distribución de beneficios?). ¿Cómo es que se relaciona con los más viejos, con los más jóvenes, con los más vulnerables? ¿Y cómo se desempeñan las burocracias frente al público? ¿Existen grupos que deben suplicar por el reconocimiento de sus derechos? ¿Cómo se vincula el gobierno con los desvalidos y los enfermos?

El libro de Margalit se destacó por el fuerte impacto e influencia que alcanzara, pero –debe notarse– finalmente fue uno más dentro de una larga lista de trabajos que vinieron a resaltar cuestiones similares: la filosofía política y la filosofía jurídica contemporáneas ofrecen abundantes escritos abordando una temática semejante. Piénsese, si no, en la obra de Ronald Dworkin (seguramente el jurista más influyente del último siglo), que entendió a la “igual consideración y respeto” como el principio rector con el que debe interpretarse toda la Constitución; recuérdese el gran libro de Thomas Scanlon –What We Owe to Each Other– sobre el trato que “nos debemos unos a otros”; o tómese en cuenta la fundamental línea de trabajos recientes sobre las “políticas de reconocimiento”.

Lo que quiero señalar es que, desde hace tiempo, la dignidad, el respeto, el buen trato, la igual consideración, el reconocimiento, el cuidado de los otros, etcétera, aparecen como componentes esenciales de un buen gobierno. De mi parte, entiendo a este tipo de rasgos –finalmente, la moralidad de las prácticas que se auspician cotidianamente desde el poder– como cruciales para valorar positiva o negativamente a una determinada gestión. Diría más: la indecencia o inmoralidad de un gobierno (sus prácticas de “humillación” sistemática) debería ser condición suficiente para considerarlo un mal gobierno, con independencia de su mejor desempeño en otras cuestiones “materiales”.

Lo que aquí señalo (acerca del valor especial que debe asignarse a las cuestiones morales, antes que materiales, en la evaluación de ciertas políticas) no debería resultar sorpresivo. Aludo así a un tipo de razonamiento que, de un modo u otro, todos llevamos a cabo, cotidianamente, en las más diversas áreas de nuestra vida. Por ejemplo, una mayoría de nosotros consideraría razón suficiente para pedir un divorcio al hecho de que el marido golpeara e insultara diariamente a su mujer. Si, frente a dicha situación, alguien nos dijera que estamos equivocados, porque el marido paga regularmente los gastos del hogar o la escuela de los hijos, lo miraríamos sorprendidos: nos resulta simplemente obvio que los golpes y humillaciones descalifican a ese marido, de manera suficiente y definitiva. De manera similar, si el maestro de música de nuestros hijos los maltratara u ofendiera cotidianamente, tendríamos una razón suficiente para pedir su renuncia, o para retirar de la escuela a nuestros chicos, con independencia de la capacidad del maestro como enseñante, o de su calidad como músico. Asimismo, el solo intento de abuso que pudiera insinuar un entrenador con alguno/a de sus alumnos/as, en el gimnasio, debería bastar para cortar todo vínculo con él, y sus “habilidades deportivas” en nada compensarían la gravedad de sus faltas.

Concluyo retornando al caso de la Argentina, y trazando algunos paralelos entre lo dicho hasta aquí, y el desempeño de la actual presidencia. Según entiendo, el gobierno argentino muestra una performance muy pobre en materia económica, en donde se advierten todos los rasgos distintivos de una economía no integrada, desigual y en recesión prolongada. Sin embargo, aun si el caso fuera diferente del actual, y el gobierno pudiera mostrar “números positivos” en materia económica, la evaluación debería ser igualmente negativa (algo similar puede decirse, desde ya, sobre otras administraciones anteriores, que ahora no viene al caso analizar).

Los niveles de maltrato que cotidianamente dispensa el Presidente hacia los más débiles (niños autistas, discapacitados); los insultos recurrentes a quienes, desde el periodismo o la oposición, lo critican; sus malas palabras; sus groserías; la violencia verbal; el trato degradante a los que piensan diferente; el desprecio que muestra hacia mujeres y homosexuales; el uso sistemático y cotidiano de su posición de poder para humillar a los disidentes, lo descalifican (y conste que no sopeso aquí, en absoluto, ni “mentiras” ni “robos”). Esos agravios constantes como “política de Estado” no solo ofrecen razones para habilitar el enjuiciamiento político del Presidente (tema sobre el que tampoco trato en este texto), sino que nos dan motivo suficiente para impugnar sus prácticas, en tanto marcadas por la indecencia. No hay baja de inflación que pueda compensar una performance moral de ese tipo: ninguno de nosotros merece niveles de desprecio y destrato semejantes, de parte de nadie y, mucho menos, de nuestro principal empleado en el gobierno.


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El acuerdo fundamental es la Constitución | Clarín 07 May 2026 10:47:57 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23357&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23357&id_item_menu=423
Daniel Roldán 

Quisiera controvertir aquí, una idea por la que, desde hace un tiempo, se viene bregando en el ámbito público, desde diferentes sectores de la comunidad. Me refiero a la afirmación según la cual cualquier programa de reconstrucción o cambio institucional debe asumir un acuerdo económico previo, referido -básicamente- al equilibrio fiscal, que como tal ha de quedar fuera de la discusión.

Una expresión conocida y saliente de esta postura es la que presentó, días atrás, el presidente del CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), Luciano Laspina, en la cena anual de la entidad.

En dicha ocasión, Laspina sostuvo, entre otros conceptos: “Los argentinos necesitamos un acuerdo político básico y duradero; no entre los que piensan igual, sino entre los que piensan distinto. Es un acuerdo simple, pre-ideológico. En el que ganamos todos. Un acuerdo que le sirva al oficialismo para gobernar mejor y a la oposición, para ser más competitiva. Ese compromiso incluye definiciones tan básicas como respetar los contratos, sostener el equilibrio fiscal y eliminar el financiamiento monetario al fisco, en el entendimiento de que para todo lo demás, decide la democracia. Y se dirime en las urnas…Sin reglas, sin acuerdos, no hay futuro”.

Sobre esa formulación -que aquí tomaré, simplemente, como arquetípica de un cierto modo de pensar la vida pública- quisiera hacer algunos breves comentarios críticos. Como cuestión inicial, señalaría que un acuerdo como el expresado aparece (antes que como pre-ideológico) como fuertemente ideológico, y de ese modo, como muy discutible.

Desde ya, todos podemos estar de acuerdo con una versión débil -de alguna manera trivial o vacía- de dicho planteo: importa tener una economía “ordenada”, lejos del cualunquismo o “terraplanismo” económico (entiendo que, a la luz de la historia argentina reciente, el punto no es irrelevante).

De todos modos, apenas empezamos a dotar de contenido real a los principios del caso, aparecen fuertes y razonables diferencias sobre cómo entenderlos. Para muchos de nosotros, por ejemplo, los modos que este gobierno ha escogido para mantener el equilibrio fiscal (negarse a cumplimentar con pagos -a jubilados, a las universidades, a discapacitados- a los que está obligado) representa, más que la base para un acuerdo pre-ideológico, un hecho ilegal, directamente delictivo.

En segundo lugar, cuestionaría el carácter obvio o compartido que pretende asignársele a la afirmación en juego (resumidamente: el equilibro fiscal como acuerdo fundacional). Lo cierto es que hemos conocido ya muchas formulaciones similares, provenientes de sectores diferentes, y presentadas con similar énfasis.

Hace unos años, por caso, resultaba común escuchar la idea de que la seguridad (las garantías básicas para la vida, la propiedad, etc.) constituía el supuesto fundamental de la sociedad -la piedra fundante desde la cual, luego, podía erigirse la democracia. Sin ese pilar básico, todo el edificio restante iba a tambalear.

El juez de la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz, supo sostener una idea parecida, conforme a la cual la constitución del orden social era lo prioritario. Más precisamente, él afirmaba que no había derecho sin autoridad, y que la fuerza obligatoria del derecho es lo que permitía la existencia de una sociedad ordenada. Para otros más, el acuerdo básico debía llevarnos a garantizar la probidad de los funcionarios públicos -su honestidad: ésa era la condición necesaria para la reconstrucción de la sociedad.

Esta postura, aunque vaporosa, podía ostentar un reconocido linaje en la tradición republicana -una que, desde hace siglos, sostiene que la “virtud cívica” es la condición fundamente de la vida en común.

Frente a opciones tan diversas, me interesa aludir a una alternativa distinta -pero no “una más”. Se trata de una opción que corre con ventajas frente a sugerencias como las examinadas. Ello así, porque no refiere a una mera expresión de deseos (la voluntad de un acuerdo amplio y profundo que desearíamos se consiga) sino a un conjunto de intereses fundamentales que ya estamos obligados a cumplir: los derechos constitucionales.

Decir esto no es decir poco, ni hacer un reclamo retórico o demagógico, ni insistir sobre algo sin contenido. Por el contrario, la Constitución se encuentra clara y abiertamente comprometida con fortísimas garantías y exigencias sociales y económicas, que resultan simplemente exigibles: se trata, y lo sabemos todos, de nuestra Carta Fundamental.

No resulta, entonces -como dicen oficialistas y amigos del gobierno- de que los derechos se deberán cumplir sólo si, o en la medida en que primero ordenemos la economía.

Es al revés: cualquier programa económico, o cualquier esquema de seguridad, o cualquier propuesta de reordenamiento moral, resulta válido sólo si, y en la medida en que se someta a las fuertes garantías y exigencias sociales y económicas que desde hace décadas ha establecido la Constitución.


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Apatía democrática en tiempos de algoritmos | La Nación 29 Abr 2026 10:06:09 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23335&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23335&id_item_menu=423 Conviene desafiar algunas instaladas certezas acerca de la aparente apatía política de una mayoría de la sociedad, en tiempos de algoritmos e inteligencia artificial. Contra tal tipo de supuestos, cabe señalar que, si existen dificultades en la materia (dificultades que pueden explicar, por ejemplo, la degeneración de muchas democracias en autoritarismos competitivos, frente a sociedades que permanecerían indiferentes a eso), esas dificultades tienen mucho más que ver con un sistema institucional cerrado y preparado para resistir la ira social, que con una sociedad aquiescente y pasiva.

En efecto, desde hace años se insiste con un enfoque socialmente lúgubre, tal vez menos por convicción que por voluntad. Se nos dice que vivimos rodeados de una ciudadanía cada vez más apática, más individualista, más preocupada de sí misma y menos interesada en la suerte de los que están peor. Los culpables también están a mano, con lo cual se allana la tarea de presentar una narrativa comprensible y simple. Se arguye entonces que las pantallas nos separan, que las noticias falsas nos adormecen, que las redes nos polarizan, que los algoritmos nos confinan a nuestro estrecho sitio. La conclusión, que es el fin de la historia, resulta entonces tan desalentadora como precisa, en términos de acción colectiva. Estamos y seguiremos estando políticamente condenados y socialmente dominados, como producto de nuestra propia pereza y estupidización. El relato que se arma entonces resulta apto, a la vez, para conectar y explicar dos series de fenómenos novedosos, que cualquiera puede reconocer, y que llaman la atención de todos. Por un lado, la presencia de líderes fuertes, con actitudes discrecionales, en diversidad de latitudes, al mismo tiempo (Hungría, Polonia, Turquía, Estados Unidos, la Argentina). Por otro, el fenomenal impacto de las nuevas tecnologías (incluyendo, de manera saliente, la influencia de la inteligencia artificial) en la vida cotidiana de todos nosotros.

Ahora bien, la ansiedad con que se nos presentan conclusiones tales contrasta con la realidad, también global, de intensísimos procesos de movilización político-ciudadana, que –contra lo pensado y previsto– se desataron exactamente en tiempos y lugares en apariencia marcados por el individualismo, la indiferencia social y los algoritmos. Pensemos en las “jornadas de junio” en Brasil 2013, disparadas por el aumento en el precio de las tarifas de autobús, y que implicaron la movilización de millones de personas, mientras se desarrollaba el mismo Mundial de fútbol brasileño; o recordemos el “estallido social” de Chile, 2019, también impulsado por el aumento en la tarifa del transporte público –con levantamientos que, en cierto modo, cambiaron la historia política de un país cuya ciudadanía era habitualmente señalada por su conformismo posdictadura–; o miremos las masivas y apasionadas manifestaciones del Black Lives Matter en Estados Unidos, que encontraron continuidades en la notable marcha No Kings, de marzo de este año (la más importante en su tipo en la historia del país). Todo eso, para no olvidar las recientes marchas en Polonia y en la República Checa; o los movimientos globales de la “Generación Z” (2025-2026), liderados por jóvenes nacidos en la era digital (utilizando iconografía de la cultura pop, como el animé), y que desembocaron también en movilizaciones multitudinarias y políticamente significativas, como la “revolución de los estudiantes” de Bangladesh, en 2024; o las fundacionales manifestaciones de estudiantes ocurridas en Indonesia, en 2025. Se trata, según se advierte, de procesos que se dieron en todo el mundo, precisamente en esta era digital (y en parte ayudados por ella), que convocaron a millones de personas, que se sostuvieron en el tiempo y que tuvieron un contenido y objetivos eminentemente políticos. Cuando nos confrontamos con datos semejantes, cuesta mucho comprender cómo puede resultar creíble, entonces, la narrativa opuesta, que insiste sobre la apatía social y el triunfo del autoritarismo frente a una mayoría envilecida y alienada.

Contra la leyenda prevaleciente, mi impresión es que, si en el contexto de sociedades desiguales e injustas, en ciertos períodos, la ciudadanía se retrae o asume una actitud más bien pasiva, ello se debe –normalmente– no a su conformismo, y mucho menos a su asentimiento, sino a su sabiduría. Me refiero a una sabiduría histórica, aprendida a veces a fuerza de golpes sobre la espalda, o –para ponerlo en términos más generales– a partir de las muy negativas respuestas que suelen dar los gobiernos a quienes disienten; ya sea a través de la punición de la protesta o la persecución de los protestantes, o –lo que parece la regla común en estos tiempos– la mera inacción, es decir, la no respuesta como respuesta. Como si nadie –alguien o miles o millones de personas– tuviera ninguna queja relevante o demanda verdaderamente atendible.

En conclusión, quienes hoy vemos a la democracia en riesgo y nos preguntamos por qué o por quién está en peligro, y quién la defiende cuando cae bajo amenaza, necesitamos empezar a cambiar el foco de nuestra atención. Mover dicho foco desde la ciudadanía y hacia el sistema institucional y quienes lo controlan. No para librar a la ciudadanía de responsabilidad política –todos la tenemos–, sino para calibrar de modo más apropiado tales análisis y orientar mejor esos señalamientos. Hoy, una ciudadanía que, como lo ha demostrado siempre, está dispuesta a movilizarse en defensa de lo que considera justo (lo que, perfectamente, puede coincidir con sus propios intereses, pero que normalmente no se superpone solo con ellos) encuentra un freno inhabitual a sus acciones. Ese tipo de obstáculos proviene de un sistema institucional perfectamente impermeabilizado frente a ella: un sistema bien preparado para resistir sus presiones. Así, las autoridades pueden reaccionar, frente a quejas y demandas, como lo hacen comúnmente, y como –cada vez más– tienden a hacerlo en nuestro país –con indiferencia, haciendo nada–. Como si nada importase, como si nada relevante estuviera en juego, como si solo se tratara de dejar que pase el tiempo para que la ciudadanía se olvide de sus reclamos, deje atrás el bullicio y vuelva al silencio quieto de sus cotidianas vidas. Pues bien, la democracia exige otra cosa: el retorno de lo político. Y ese retorno requiere que echemos abajo las barreras que hoy ahogan los reclamos democráticos de una ciudadanía que, a pesar de todo, se mantiene todavía atenta y de pie.

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El “consenso del Nunca Más”: tres etapas de un debate inacabado | La Nación 24 Mar 2026 11:24:31 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23266&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23266&id_item_menu=423 Hace cuatro décadas ya comenzamos a hablar del “consenso del Nunca Más”. Primero, a partir del extraordinario trabajo de la Conadep y, luego, con la celebración del Juicio a las Juntas. La idea, que a tantos nos impresionó tan bien desde un principio, no estaba exenta de ambigüedades, pero no supimos, o quizás no quisimos, detectar tales imprecisiones. En su sentido más estricto, la frase sobre el “consenso del Nunca Más” importaba la condena (que entonces era casi unánime) de lo hecho por la dictadura, con todo lo que eso implicaba: no a la tortura, no a los campos de detención, no a la concentración del poder y sus consiguientes abusos, no a la censura, no a la persecución de opositores, no a la prohibición de partidos políticos y sindicatos, etc. En este sentido, la crítica política que encerraba la frase y la historia del país iban de la mano: al marcar nuestro profundo rechazo colectivo a todo lo que la dictadura había hecho (al gritar al cielo “nunca más”), estábamos rechazando, de una forma extensa y profunda, todo un modo de hacer política, que era el que la dictadura había representado en su forma más extrema.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el repudio casi unánime a lo hecho por la dictadura y la historia argentina dejaron de aparecer superpuestos. En esta segunda etapa comenzó a tornarse posible confinar la idea de “consenso del Nunca Más” a ese tiempo particular que había ocupado la dictadura, entre 1976 y 1983. Decir “nunca más”, entonces, significaba decir “nunca más a la dictadura del Proceso”; o también, de manera similar, “juicio y castigo a los responsables de los crímenes masivos”. Mientras tanto, por otro lado, y en la medida en que se profundizaba la cisura entre política e historia, comenzaba a hacerse posible entender el “consenso del Nunca Más” en un sentido también más amplio, que no necesitaba anclarse (de manera excluyente) en la pasada dictadura. Entonces, decir que se suscribía el “consenso del Nunca Más” pudo significar el rechazo a ciertos modos del ejercicio del poder, que habían emergido durante la dictadura, pero que también podían tornarse visibles bajo el imperio de una forma de gobierno democrática. De acuerdo con este sentido más amplio, proclamar “nunca más” implicaba decir nunca más a las torturas, a los abusos de poder, a la represión de las minorías, a la discriminación y el maltrato públicos hacia los más débiles, etc., aun si aberraciones tales resultaban cometidas en democracia, por gobiernos elegidos popularmente. Muchos –quizás con torpeza, quizás con ingenuidad– tendimos a leer el “consenso del Nunca Más” de ese modo. Quizás, sin que lo advirtiéramos, nos ganó la voluntad de que así fuera: queríamos creer que esta lectura posible del “consenso” era la apropiada, porque así debía ser, conforme a nuestra (digámoslo así) filosofía política.

Políticamente, las diferencias entre las lecturas “estrecha” y “amplia” de la idea del “consenso del Nunca Más” se tornaron cada vez más notorias. Una ilustración saliente de las implicaciones de esas diferencias apareció con la llegada del nuevo siglo, cuando representantes de uno y otro bando quedamos enfrentados a partir de nuestras comprensiones diferentes del fenómeno. Típicamente, muchos vieron al nuevo gobierno que llegaba al poder como ejemplar representante del legado del “Nunca Más” (versión estrecha): se trataba de una administración que cada día invocaba los derechos humanos como guía de su acción, y que, además, o sobre todo, tomaba iniciativas destinadas a hacer posible la condena a los crímenes cometidos por la dictadura (crímenes que habían quedado impunes, a resultas de las –así llamadas– leyes del perdón: punto final, obediencia debida, indultos). Algunos otros entendimos que esa misma administración, en cambio, incurría en faltas graves que implicaban, en los hechos, la deshonra o el directo abandono de los ideales del “Nunca Más” (versión amplia). Así, en su hostilidad hacia las comunidades aborígenes (i.e., los miembros de la comunidad qom, en Formosa); en su sistemática represión de la protesta social (a pesar de la retórica de respeto que se invocaba), o en su creciente (y finalmente antidemocrática) proclividad hacia la concentración del poder, por ejemplo.

Pues bien, desde entonces, el tiempo no ha dejado de pasar –han transcurrido ya 50 años desde la llegada de la dictadura– y, como era esperable, ha seguido haciendo de las suyas. Nos encontramos hoy en lo que podríamos llamar una tercera etapa de la vieja discusión expuesta. Los acalorados debates que supimos tener, hasta ayer, en torno a lo que significaba el “consenso del Nunca Más” (¿seguir embistiendo contra la dictadura del 76 o enfrentar toda violación de derechos básicos?) nos implicaban de lleno, con todas nuestras diferencias, y a pesar de ellas, porque nos encontrábamos emocionalmente involucrados con el pasado: lo ocurrido nos resultaba demasiado cercano, tocaba nuestras fibras más sensibles. De un modo u otro, nos emocionaba. Ese vínculo íntimo que teníamos con la historia anterior ya se disolvió. Hoy, aquel particular debate en torno al “Nunca Más” parece meramente “intelectual”, más que esencialmente “emocional”. Se trata de una discusión que parece quedar demasiado lejos de las nuevas generaciones. Eso puede resultarnos triste o lamentable, pero, simplemente, es así, es el devenir de la vida. Nada de lo que sorprenderse: hoy las emociones (los sufrimientos, los deseos) están vinculadas a causas que no necesariamente van a superponerse con las que nos conmovían a nosotros 40 o 50 años atrás.

A sabiendas de que los tiempos han cambiado mucho –y, por tanto, que el “contexto de recepción” de nuestras discusiones ha variado mucho también–, no nos queda sino la alternativa de hacer un esfuerzo por vincular los principios en los que creímos siempre, con las fuentes principales de las angustias presentes. Ello puede significar, para muchos de nosotros, preguntarnos cómo es que aquellos viejos debates se traducen a la actualidad: ¿a qué debemos decirle hoy “nunca más”? Al respecto, posiblemente, necesitemos reflexionar sobre por qué hoy es importante oponerse al giro antidemocrático que prima en una parte significativa de Occidente (para oponernos, así, a la oleada antiinstitucional, antiintelectual, que vivimos); por qué sigue siendo relevante rechazar la concentración del poder (y así, las leyes aprobadas sin discusión pública o de espaldas a la sociedad); por qué debe resistirse la visión mercadocéntrica de nuestra comunidad, o por qué necesitamos frenar el eufórico desdén dominante hacia los bienes comunes. Nos encontramos ante una tarea difícil, pero no novedosa. Finalmente, se trata de una misión que está con nosotros desde el inicio de la modernidad: pensar democráticamente acerca de las bases y los límites que son necesarios para seguir haciendo posible la vida en común.

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Democracia representativa y poder ciudadano | Clarín 16 Mar 2026 10:32:44 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23254&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23254&id_item_menu=423
Mariano Vior

Quisiera referirme, en lo que sigue, a la irremediable crisis que afecta a los partidos políticos y que, indirectamente, pone en jaque a la democracia representativa, tal como la conocíamos.

Comienzo, entonces, aludiendo a lo que fuera la etapa previa de esta crisis, para señalar que, durante décadas, los partidos políticos sirvieron como resguardo y reaseguro de la legitimidad del sistema democrático.

Ello así, en buena medida, porque garantizaban la representación de amplios bloques de intereses existentes -típicamente (pero no exclusivamente) a intereses de clase. En Inglaterra, el Partido Laborista nació en el 1900, como resultado de un agregado de sindicatos y organizaciones socialistas, que buscaban conseguir representación propia en el Parlamento.

En Alemania, el Partido Socialdemócrata fue fundado en 1862, como Asociación General de Trabajadores de Alemania; mientras que en Francia, la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO) se creó en 1905, y pasó a ser el principal antecedente del Partido Socialista. En Italia, el Partido Popolare Italiano (PPI) nació en en 1919, y más tarde dio origen a la Democracia Cristiana.

En la Argentina, el radicalismo y el peronismo supieron representar, más o menos apropiadamente, y durante más de medio siglo, a los amplios intereses de la clase media y la clase trabajadora. En la medida en que esos intereses retomados por los partidos encontraban expresión posterior en las ramas políticas del gobierno, la democracia representativa podía darse por satisfecha: la gran mayoría de la población quedaba, así, políticamente representada.

Nos guste o no, desde finales del siglo xx, la organización social y económica que conocíamos, ya no existe: nuestras sociedades han sufrido una transformación sin vuelta atrás. Por tomar un ejemplo particularmente relevante: hace tiempo que ya no posible hablar de sociedades de base industrial, en donde una porción amplia de sus miembros -de un tercio a la mitad- son obreros, con intereses económicos y políticos fundamentalmente homogéneos.

Hoy encontramos, junto con el tradicional obrero industrial asalariado, a trabajadores autónomos y autoempleados, nómadas digitales, rappis, trabajadores en negro, trabajadores precarizados, temporarios, desempleados…Mientras que, décadas atrás, podíamos hablar, razonablemente, de clases sociales, con intereses más o menos comunes, hoy nos encontramos con intereses absolutamente dispersos, heterogéneos, de ninguna manera uniformables.

Las viejas clases se disolvieron, y nuestros intereses (ie., culturales) relevantes se multiplicaron. Por ello mismo, las chances de que dos trabajadores ocupados en la misma línea de producción piensen más o menos lo mismo, en relación con temas que les importan (programas económicos, inmigración, uso de drogas, armas, aborto, etc.), son mínimas. Ni qué hablar sobre los vínculos entre un obrero industrial y un trabajador de rappi.

De este modo, los cambios sociales, económicos, culturales, sobrevinientes, terminaron por erosionar no sólo las bases de apoyo popular a los partidos políticos, sino su propio sentido: ellos no pueden garantizar la representación de millones de personas, en una diversidad enorme de temas, y a lo largo del tiempo.

Simplemente, ya no están en condiciones de hacerlo, más allá de la calidad de sus dirigentes. No extraña, entonces, que los partidos, sin excepción, se hayan convertido en cajas vacías, sin contenido social, y necesitadas de causar escándalo o arrojar fuegos artificiales al cielo para atraer la momentánea atención de algunos. Lamentablemente, la crisis partidaria es irreversible, como es imposible volver el reloj social atrás, para restaurar a las viejas sociedades de posguerra, marcadas por una amplia clase obrera, un empresariado unido, sindicatos poderosos, y partidos fuertes.

El problema en cuestión, de ese modo, amenaza con arrastrar consigo, también, a la democracia representativa, tal como la conocíamos. Ante la situación descripta, tal vez no exista una fórmula o “solución” sencilla y al alcance de la mano. Sin embargo, ante un escenario semejante, amenazante e incierto, al menos una cosa debe resultar clara: necesitamos recuperar -para nosotros, ciudadanos- poder democrático.

Por eso mismo, y por un lado, cualquier promesa de solución que se dirija en dirección contraria (ie., concentrar más poder en el presidente) debe ser rechazada.

Y por otro lado, y de manera especial, debe ser resistida la idea de que, en una democracia constitucional, las impugnaciones al gobierno deben “esperar a las próximas elecciones” -como si las demostraciones en la calle fueran un exceso, o institutos tales como el juicio político representasen una afrenta a la legalidad, y no una herramienta inherente al constitucionalismo democrático.

En la situación de desamparo político e institucional que padecemos, necesitamos mantener más activos que nunca a los pocos medios e instrumentos de crítica al poder de los que todavía disponemos. Sin aceptar extorsiones.


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El desafío de la nueva etapa fiscal | Clarín 15 Mar 2026 10:27:08 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23251&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23251&id_item_menu=423

La reglamentación de la Ley de Inocencia Fiscal representa un paso en la dirección correcta dentro de la política tributaria argentina. La actualización de los umbrales de punibilidad del delito de evasión, la reducción de cargas formales y la incorporación de un régimen de declaración jurada simplificada apunta a eliminar burocracia innecesaria, reducir litigiosidad y facilitar procesos de formalización de activos. En un país que durante años convivió con un sistema excesivamente complejo y formalista, avanzar hacia un esquema más simple y previsible constituye una señal positiva para la actividad económica y la relación entre contribuyentes y Estado.

El enfoque general parece bien orientado. En una economía atravesada por altos niveles de informalidad y desconfianza en el sistema financiero, sustituir el exceso de formalismo por incentivos a la regularización puede contribuir a dinamizar la actividad y reconstruir previsibilidad.

Pero flexibilizar no equivale a desregular. Los lineamientos emitidos en forma conjunta por la UIF y el BCRA aportan que la flexibilización tributaria no altera la vigencia de la Ley 25.246 ni las obligaciones en materia de prevención de lavado de activos y financiamiento del terrorismo. El sistema antilavado permanece intacto y debe seguir aplicándose bajo el Enfoque Basado en Riesgo.

La sola tenencia o depósito de moneda extranjera en efectivo ya no constituye, por sí misma, un indicio de ilicitud, que puede tratarse de una conducta económicamente racional. Asimismo, se aclara que la normativa antilavado no prohíbe depósitos en efectivo ni exige, como condición automática, requerimientos documentales adicionales en línea de caja, más allá de la identificación del depositante cuando se superan determinados umbrales.

También se establece que la adhesión a la declaración jurada simplificada puede ser considerada un antecedente favorable en el análisis del cliente, si existe coherencia con su perfil económico y no se detectan inconsistencias relevantes. Este enfoque permite reducir rigideces redundantes y desplaza el eje del control hacia la gestión técnica del riesgo.

El desafío es la implementación.

Las entidades financieras, los bancos, las ALyC y demás sujetos obligados no pueden interpretar la simplificación fiscal como una reducción automática del riesgo. Al contrario, deberán revisar sus matrices, recalibrar umbrales internos, redefinir parámetros de monitoreo transaccional y fortalecer la documentación de las decisiones adoptadas bajo el Enfoque Basado en Riesgo.

La evasión tributaria continúa siendo delito precedente de lavado cuando se configuran los nuevos umbrales legales. Y aun cuando determinadas conductas queden fuera del ámbito penal tributario, subsiste la obligación de reportar operaciones sospechosas cuando el análisis integral del cliente lo justifique.

El viernes 13 de febrero concluyó el plenario del GAFI y Argentina no fue incluida en la lista gris, una señal relevante de confianza internacional en el funcionamiento de nuestro sistema. Sostener esa posición no dependerá exclusivamente de la letra normativa, sino de la efectividad del sistema y de la capacidad de demostrar trazabilidad, coherencia y consistencia operativa en su implementación.

Las evaluaciones internacionales no observan solo el diseño regulatorio, sino la calidad técnica con la que los sujetos obligados —bancos, entidades financieras, ALyC y demás intermediarios— aplican sus políticas, gestionan alertas y documentan su análisis de riesgo. 


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Repúblicas sin reyes, democracias sin multimillonarios | Clarín 16 Feb 2026 10:38:08 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23198&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23198&id_item_menu=423
Mariano Vior 

La apertura de los “archivos de Epstein” resulta importante, sí, por los reconocidos nombres que nombra, y los horrorosos hechos que cuenta, pero, sobre todo, por la situación estructural que revela. Esto es el capitalismo. Capitalismo no en los márgenes oscuros y tenebrosos de un país capturado por bandas de narcos, sino capitalismo vigoroso, situado en el corazón mismo del sistema. ¿Y qué es lo que ocurre allí?

Ocurre que los más ricos de entre los ricos concentran más y más la riqueza, a través de actos delictivos que la ley ampara, a plena luz del día, como si el derecho, para ellos, no existiera. Y mientras tanto, se divierten con toda clase de perversiones -no de las que están protegidas por la Constitución, como acciones privadas; sino de las que expresan crímenes, condenados por el derecho en todo el planeta.

El siempre lúcido Senador por Vermont, Bernie Sanders lo dijo de manera clara: “lo que debería alarmarnos de los archivos de Epstein no son tanto los detalles, horribles y criminales, sino el sentido creciente de que los miembros de una pequeña elite actúan por encima de la ley.”

Esta sensación horrífica, de estar atrapados en un callejón sin escape, encontró su punto culminante en las acciones del ICE, el brazo armado de la política (anti)inmigratoria de Trump. Resulta difícil de imaginar cómo es que se puede hacer algo peor, o llegar aún más lejos, en materia de violación de derechos: el ICE representa una directa afrenta a las libertades civiles más elementales; al sagrado derecho del debido proceso; a la certeza compartida de que ciertos límites no deben atravesarse nunca (¡Inglaterra aprobó la Carta Magna en 1215, buscando hacer pública dicha certeza!).

Otra vez, el capitalismo desatado, actuando sin máscaras, y ahora, con la cara cubierta. Mientras, la mitad del Congreso permanece en silencio; y el Poder Judicial cooptado, inactivo o muerto de miedo. Simplemente increíble, para quienes militamos la fe y la confianza en el derecho. Este escenario de espanto -de violación de derechos con total descaro- se completó días atrás, cuando supimos que Jeff Bezos, el multimillonario que se enriqueció con Amazon, dueño del otrora prestigioso diario The Washington Post, despedía a un tercio del personal del periódico, en una acción que, más que una reestructura, parecía una purga: el capitalismo mostrando, una vez más, su rabiosa intolerancia hacia las disidencias.

No es mi intención aquí, de todos modos, hacer una diatriba anticapitalista, a través de la acumulación de tétricos ejemplos -ejemplos que, en todo caso, innegablemente dan cuenta de aquello en lo que ha devenido el sistema, en nuestro tiempo.

Lo que me interesa es tomar aquellas ilustraciones de base para marcar, por ahora, sólo un punto básico, que retomo del mejor filósofo político liberal (o socialista liberal) de este último siglo, que es John Rawls. Rawls, que justificó cada uno de los apartados de su Teoría de la Justicia con un cuidado extremo (lo que convirtió a su teoría en una tan atacada como difícil de refutar), se ocupó de insistir en la fortaleza del vínculo existente entre desigualdades económicas y desigualdades políticas.

En particular, en un libro menos conocido, Justicia como Equidad, él defendió una “democracia de propietarios” cuya propuesta central consistía en la “dispersión de la propiedad de la riqueza y el capital, de modo de tal impedir que una pequeña porción de la sociedad se quedara con el control de la economía y así, indirectamente, con el de la vida política”.

De este modo, Rawls (también un crítico de los sistemas socialistas y burocráticos tradicionales) objetaba al tipo de capitalismo que prevalece en nuestro tiempo -el que exhibe sus extremos patológicos en los ejemplos que viéramos.

En sus términos: en la actualidad, las instituciones básicas están definidas por “un nivel tan alto de desigualdades económicas y sociales, que aquellos con mayores riquezas quedan normalmente a cargo de la vida pública, y se ocupan de promover leyes y políticas sociales destinadas a favorecer sus propios intereses”.

Rawls aclara, enseguida, que su “democracia de propietarios,” con la “dispersión de riquezas” que exige, no está en condiciones de ser satisfecha por el capitalismo a la norteamericana, que favorece la “concentración” del poder, pero tampoco por la socialdemocracia europea. Y es que (a diferencia de lo que ocurre con la socialdemocracia) la “democracia de propietarios” no se propone “asistir” a los más pobres, ni “redistribuir” parte de la riqueza “al final de cada período”: lo que procura es impedir la acumulación de esa riqueza.

En cambio, la socialdemocracia “permite que una pequeña clase de personas tenga el cuasi-monopolio de los medios de producción”.

Durante décadas, nos han querido vender la idea de que la creación de riqueza necesita de capitalistas que puedan enriquecerse ilimitadamente. Sino -agregan, amenazantes- ellos no tienen incentivos, y no invierten. No era verdad.

La creación de riqueza (ie., en las socialdemocracias europeas) no tiene como condición la posibilidad de obtener ganancias sin techo. Mucho peor: las ganancias económicas extremas son generadoras de desigualdades políticas y, a partir de allí, de leyes sesgadas y derechos violados. Así como las viejas repúblicas nacieron terminando con el Rey, las democracias deben renacer terminado, de una vez, con los multimillonarios.


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Se puede bajar la inflación sin desconocer derechos esenciales | La Nación 31 Ene 2026 19:10:36 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23179&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23179&id_item_menu=423
Ofrezco dos ejemplos recientes. En nuestro país, y en nombre de una política de ajuste fiscal, agentes del Ejecutivo eliminan derechos básicos de niños y discapacitados, como si se tratara de privilegios (sin mencionar el hecho de que aprovechen la oportunidad para hacer negocios con las necesidades de los más débiles). Mientras tanto, en los Estados Unidos, y en nombre de una política de control migratorio más estricta, personal armado y encapuchado, dependiente del Ejecutivo, ejerce violencia brutal sobre las personas, sin atención alguna a la Constitución y al debido proceso. Hay personas que sufren y mueren por esas decisiones (y es que los derechos se violan tanto por acción como por omisión).

En lo que sigue, quiero detenerme a fundamentar lo anticipado: nuestros funcionarios no están autorizados para desmantelar o afectar seriamente, como lo hacen, nuestra estructura de derechos constitucionales. De todos modos, y antes de seguir, incluyo alguna aclaración para los apresurados de mala conciencia: pertenezco, como tantos, al amplio grupo de personas que supimos criticar sin miramientos a estos como a aquellos, a los de antes como a los de ahora. Igualmente, y aunque en estos tiempos valga la aclaración, debe agregarse también que la defensa y reivindicación de los derechos constitucionales no depende del prontuario de nadie ni del documento de identidad de cada uno: hablamos de lo que nos corresponde siempre e incondicionalmente como simples miembros de la raza humana y sin necesidad de exhibir primero el carnet de consistencia pragmática.

Comienzo entonces con algunas precisiones sobre el origen y la naturaleza de nuestros derechos básicos. En primer lugar, y tal como enseñara Ronald Dworkin (tal vez la mayor autoridad de nuestro tiempo en materia de derechos), voy a distinguir entre objetivos políticos y derechos fundamentales.
Los primeros, es decir, en definitiva, las políticas públicas, dependen de las coyunturas y merecen estar sujetos a consideraciones políticas contextuales. Esperablemente, vamos a disentir respecto de cuáles son las mejores políticas, y vamos a vernos obligados a negociar y a buscar acuerdos en torno de ellas. Resulta perfectamente entendible y razonable, en este respecto, que un gobierno de izquierda quiera incrementar la inversión social o que un gobierno de derecha proponga reducir los gastos que considere innecesarios (“achicar el Estado”).

Mientras tanto, los derechos fundamentales nos plantean un caso muy diferente del de los objetivos o políticas públicas. Los derechos refieren a intereses fundamentales que nuestra civilización ha ido definiendo, históricamente, como tales. Ellos no dependen de coyunturas puntuales ni de cuestiones contextuales: no dejamos de tener un derecho a la libre expresión porque tuvimos una mala cosecha; ni perdemos el derecho al debido proceso porque subió el precio de la nafta; ni se interrumpe la educación pública gratuita porque la inflación está demasiado alta. En tal sentido es que hablamos de los derechos fundamentales como derechos incondicionales, inviolables y universales: ellos no están sujetos al regateo, ni pueden ser tomados como bienes de cambio. Agrego un par de notas adicionales.

Antetodo, desde hace siglos que en todo el mundo se reflexiona sobre cuáles son esos derechos que merecen ser reconocidos como fundamentales (desde la Magna Carta inglesa, en 1215; a la Declaración de Derechos francesa, de 1789; o la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948), lo cual nos permite entender por qué hay comunidades que reivindican más derechos que otras. Aunque existe un núcleo de derechos que ha sido siempre considerado como tal, en todo tiempo y lugar (por ejemplo, libre expresión, libre asociación, derecho de petición), también es cierto que algunas sociedades han decidido expandir ese núcleo básico, normalmente porque reconocen que en ellas existen mayores necesidades básicas desatendidas. Esto nos sugiere algo que no siempre aceptan quienes estudian sobre los derechos: los derechos no son algo así como “planetas” que descubrimos a través de un sofisticado instrumental o personal especializado (por ejemplo, jueces como “astrónomos”), sino intereses que -democráticamente- acordamos proteger de modo muy especial, por la importancia excepcional que les asignamos.

Esto me lleva al segundo punto que quería mencionar, referido a la importancia de lo que sucede cuando -como suele ocurrir- las sociedades deciden dar un paso más, para dotar a esos derechos que valoran o reivindican de un status constitucional. Entonces, al incluirlos en su Constitución, lo que tales sociedades hacen es decir algo como lo siguiente: "Identificamos un interés que merece nuestra máxima protección, y de este modo (dándole rango constitucional) declaramos, frente a las generaciones presentes y futuras, nuestro compromiso de garantizarlos siempre y hasta el máximo de nuestras posibilidades”.

Esto deja en claro la gravedad de lo que ocurre cuando un funcionario o economista, con sorna o saña, recorta alguno de esos derechos incondicionales, alegando consideraciones coyunturales o cuestiones temporarias (“estamos en período de restricción de gastos”, “vamos al déficit cero”). Al actuar de ese modo, la persona en cuestión confunde derechos fundamentales con objetivos políticos, y -además- no advierte que al hacerlo pasa a actuar sobre un área que tiene vedada.

Para ponerlo de un modo todavía más fuerte: ese funcionario debe entender que la protección constitucional que una comunidad democrática le otorga a un derecho significa que todo cambio sustantivo que se quiera imponer en relación con ese derecho requiere, también, de una autorización democrática extraordinaria. Los compromisos de rango constitucional resultan solo modificables a través de otros acuerdos de rango semejante. Por eso, la “autorización democrática” que funcionarios del momento pretendan alegar, luego de una elección ganada (“el pueblo nos lo ha demandado”) resulta simplemente insignificante. Ninguna elección presidencial o legislativa otorga licencia alguna para socavar derechos constitucionales. Los funcionarios públicos solo están autorizados a navegar por el mar de los objetivos coyunturales: no pueden ingresar sobre el territorio de los derechos.

La buena noticia es que el compromiso incondicional con los derechos no resulta en absoluto incompatible con objetivos tales como la "lucha contra la inflación" o las "políticas inmigratorias más estrictas". Cualquier comunidad que se proponga reducir el déficit fiscal debe reconocer que existen infinidad de gastos susceptibles de ser recortados (servicios de inteligencia, aviones de combate, etc.) que no afectan en absoluto el resguardo de los derechos fundamentales. Lo que esa comunidad debe hacer, entonces, es no optar por recortes indebidos, en áreas constitucionalmente blindadas.
Asimismo, debe resultar claro que un gobierno puede llevar adelante una política migratoria más estricta sin afectar derechos básicos, como el debido proceso.

Entonces, si para el logro de objetivos políticos (bajar la inflación; rigidizar los procesos inmigratorios) un gobierno entra en guerra con los niños autistas o le dispara en la cara a quien considera sospechoso, resulta claro que lo que allí está en juego es otra cosa. El gobierno en cuestión intenta llevar adelante una provocación, violando la ley a sabiendas. Lo que nos toca, entonces, es sobrepasar este momento: a ellos no les asiste la razón ni el derecho. La Constitución está de nuestro lado.
 
 
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El estado de la Justicia en Argentina: Horacio Rosatti en Odisea Argentina | La Nación Más 15 Dic 2025 10:30:40 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23124&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23124&id_item_menu=423 Carlos Pagni y Horacio Rosatti, presidente de la Corte Suprema, analizaron en el programa "Odisea Argentina", de La Nación Más, los resultados del Índice de Confianza en la Justicia del segundo semestre de 2025, elaborado por la Escuela de Derecho UTDT y la asociación civil FORES. 

La entrevista completa:
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El fin de la representación política | La Nación 06 Nov 2025 10:47:49 -0300 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23062&id_item_menu=423 nota_prensa.php?id_nota_prensa=23062&id_item_menu=423 El sistema representativo nació pensado para sociedades muy diferentes de las nuestras, y el diseño institucional que lo rodeó fue ajustado a ese contexto y a aquellos tiempos: fines del siglo XVIII y sociedades que eran no solo más pequeñas y divididas en unas pocas facciones, sino, sobre todo, más compactas, más homogéneas. Por eso, en las sociedades preindustriales, pudo pensarse en representar a “mayorías y minorías” (o, si se quiere, a “toda la sociedad”, compuesta por pequeños y grandes propietarios), con instituciones diseñadas para incluir a ambos grupos, y capaces de contenerlos. En su momento, por ejemplo, se asumió que las elecciones directas garantizaban la selección de representantes propios de la mayoría del pueblo, mientras que a las minorías se les aseguraba el ingreso al gobierno por otros medios: elecciones indirectas, sí, pero también requerimientos de estudios (i.e., para los jueces), o condiciones de propiedad o ingresos (i.e., para los senadores). Con la ayuda de ese tipo de instrumentos, se asumía, la sociedad quedaba finalmente representada: “todas” las distintas porciones de la sociedad pasaban a formar parte del sistema de toma de decisiones, en cada uno de sus aspectos.

Con la llegada de la sociedad industrial, el sufragio extendido y la política de masas, todo cambió. Ahora había cantidad de voces inauditas y reclamos nuevos, que exigían ser tomados en cuenta: millones de demandas antes desconocidas. Sin embargo, en buena medida, y después de una dramática crisis inicial (que en América Latina quedó reflejada con el nacimiento de los “golpes de Estado”), el sistema institucional, poco a poco, se acomodó. A ello contribuyeron factores diversos y de distinto tipo: desde medidas económicas (el nacimiento del Estado de Bienestar) hasta la administración burocrática y, sobre todo, la consolidación de los partidos políticos. Estos, particularmente en sus primeras décadas, cumplieron con una gran tarea como correas de transmisión o mediadores entre sociedad civil y sistema de gobierno. Los partidos asumieron formas distintas (religiosos y laicos, por ejemplo), pero entre ellos se destacaron y se estabilizaron, sobre todo, los partidos de clase, los que reflejaban la división social principal: la división entre capital y trabajo. Entonces, aparecieron partidos que todavía perduran, como el Partido Laborista y el Conservador, en Inglaterra; o republicanos y demócratas, en Estados Unidos, o, en la Argentina, un peronismo de clase obrera y un radicalismo para las clases medias.

Durante décadas, y con estas nuevas mediaciones, el sistema institucional “aguantó”, y la sociedad, en buena medida, pudo decirse a sí misma que se encontraba políticamente representada. Pero, otra vez, las comunidades volvieron a cambiar en su estructura económica, en su organización social, en su formación educativa. Poco a poco, en las nuevas sociedades posindustrialeslas divisiones antiguas (entre grandes y pequeños propietarios; capital y trabajo; clases altas, medias y bajas) perdieron sentido. Ingresaron así, en la vida pública, y con sus propias demandas y expectativas, cantidad de nuevos grupos, que ya no encontraban fácil expresarse partidariamente, ni encontraban qué persona o qué agrupación los representase: desempleados, empleados en negro, empleados autónomos, trabajadores informales. Con la explosión multicultural, todo adquirió un nuevo nivel de dificultad. Ahora aparecían grupos y minorías que, por primera vez, y por fin, se consideraban autorizados a reclamar por lo que consideraban propio: el lugar que nunca se les había reconocido. En dicho marco multicultural, mujeres, minorías étnicas, minorías raciales, minorías lingüísticas, minorías sexuales ingresaron con toda su fuerza en la esfera pública. Pero ya los viejos envases o continentes —los partidos políticos— no parecían servir, en absoluto, para canalizar sus reclamos. Se hicieron recurrentes, entonces, las quejas y las demandas insatisfechas. Los Congresos lograban incluir, entonces, dentro de sí, solo a un puñado de intereses y puntos de vista, mientras que la mayoría de ellos quedaban “puertas afuera”: el sistema institucional se mostraba fundamentalmente incapacitado para representar a toda la sociedad, como antes lo hacía.

En el tiempo presente, la situación se radicalizó, con el desarrollo de identidades multifacéticas, individualizadas. Contemporáneamente, el hecho de que una persona sea un obrero o un empresario predice muy poco sobre lo que esa misma va a querer o demandar frente a los aspectos claves de su vida. En el pasado, con cierta razón, se podía presumir que, dado el lugar que ocupaba un individuo en la escala salarial y social, esa misma persona exigiría ciertos resultados, comunes a todos los de su clase: mejores salarios, seguridad en el trabajo, vacaciones pagas. De alguna manera, el interés de un obrero era común al de todos los obreros; el interés de un empresario, común al de todos los empresarios. Por eso, en el pasado, pudo asumirse, con razón, que la presencia de un puñado de obreros en el Congreso implicaba la representación de todos los obreros, de toda una clase. En la actualidad ya no. El hecho de que una persona sea un obrero ya no nos permite predecir, en absoluto, que los intereses de este individuo van a coincidir, en lo esencial al menos, con los de todos aquellos situados en su misma franja salarial. Mucho menos que eso: no es dable esperar que este obrero tenga mucho que ver con la misma persona que se encuentra sentada a su lado, en su propio trabajo. Juan puede ser un obrero, pero, previsiblemente, y a diferencia de su compañera María, tendrá opiniones particulares y diversas de las de ella, en una mayoría de los temas que les interesan: sobre la inmigración, salud reproductiva, drogas, armas, política, economía. Las preferencias no son comunes, ni transitivas entre una y otra área de la vida, ni estables en el tiempo, como alguna vez –se asumió– lo fueron.

Bajo las condiciones presentes, el viejo sueño de la representación plena se terminó. No se trata entonces, y simplemente, de que en el Congreso nos encontraremos (como siempre) con algunos representantes corruptos, o ineficientes, o mal formados. Todo eso es y será cierto, pero hay un problema mayor, de carácter estructural: en estas nuevas condiciones económicas, sociales, culturales, personales, ya no es posible, en los viejos términos, la representación. Tenemos que asumir que no será posible, a futuro, lo que fuera posible décadas atrás. Tenemos que asumir que la época de los partidos políticos, en buena medida, concluyó, y que ya no habrá forma de “revivirlos”, por más esfuerzos que hagamos. De allí que el Congreso —en nuestro país, como en una mayoría de otros— aparezca deslucido, autonomizado del resto de la sociedad: la ciudadanía sabe que no tiene mayor decisión ni control sobre lo que ocurre allí dentro. De ahí que resulte cada vez más habitual la presencia de Ejecutivos caprichosos, discrecionales, arbitrarios: nuestros presidentes saben que para todos nosotros resulta muy difícil ponerles freno, mientras que ellos disponen de medios de coerción y dinero, con los que pueden “erosionar” o “comprar” a los organismos y funcionarios destinados a controlarlos. De ahí, también, la emergencia de grupos de interés (legales e ilegales) con la capacidad de influir o, directamente, colonizar a sectores de gobierno.

En un contexto semejante, la situación que nos toca, como ciudadanos, es demasiado difícil y poco promisoria, ya que los canales institucionales con los que contamos, simplemente, no responden a nuestras requisiciones. En esas condiciones, más bien extremas, y para no caer en un pesimismo paralizante, se pueden ofrecer, al menos, dos consejos. Primero: no ceder a la extorsión del poder. Atenerse a la legalidad, aceptar la derrota, comportarse democráticamente, no requiere perder capacidad crítica, ni mucho menos doblegarse ante los deseos de quien ha ganado. Es necesario mantener siempre la sospecha despierta sobre todas las iniciativas de cualquier gobernante, habitualmente destinadas (antes que al “interés común”) a perpetuarse en el cargo. Por eso el valor de preguntar, indagar, exigir, criticar. Segundo: tener clara la dirección principal —básica— hacia donde marchamos, y resistir cualquier iniciativa orientada en contrario. Son necesarios, serán necesarios siempre, más controles, y no menos; menos discrecionalidad en quienes deciden; más herramientas que nos aseguren la voz, la palabra, los argumentos. Democracia es mucho más que lo que tenemos: no solo el voto cada dos años, no solo el aplauso.

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