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Revista Ñ
11/11/17

Xi Jinping, el líder que orientaliza a Marx

"El presidente se fortalece: concentra poder y autoridad pero no sólo en la Realpolitik", explica el profesor del Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales

Por Mariano Turzi


Hay un límite para el conocimiento, experiencia y energía de cualquier individuo”, dijo Deng Xiaoping a la nación china en 1980. En el XIX Congreso del Partido de Octubre pasado, Xi Jinping parece haber impuesto exactamente la lógica opuesta. Y, al igual que a Mao Tse Tung, se le reconoce que ostenta un “pensamiento propio”.

El Congreso Nacional del Partido Comunista Chino (PCC) es el hito más importante de la vida política del país: elige a los líderes del partido político más grande del mundo. A octubre de 2017, el PC chino ostenta una membresía de 89.9 millones de personas. Además, decide quiénes presidirán la primera economía del mundo y quiénes tomarán las decisiones en el país más poblado del planeta. Cada cinco años, el PCC presenta una nueva cohorte de cuadros superiores para dirigir y determinar la próxima etapa de desarrollo del país. Este cónclave tiene tres funciones principales. La primera es evaluar el trabajo del PCC realizado en los últimos cinco años desde el Congreso anterior y fijar la agenda de prioridades y tareas de política pública para los próximos cinco.

La segunda función es revisar la Constitución del Partido, adaptando las guías u orientaciones ideológicas. La tercera tarea es renovar y legitimar el liderazgo superior del PCC. Esta última tiene una regularidad establecida como convención desde 1978 cuando Deng Xiaoping buscó reformar el país fijando un proceso político previsible e institucionalizado. Después de los caóticos diez años de la Revolución Cultural –con sus masivos asesinatos, delaciones y purgas políticas– Deng buscó estabilizar el sistema político chino. Identificó cuatro desafíos para el PCC y el sistema político chino: a) exceso de concentración de funciones (multiplicidad de cargos simultáneos); b) superposición entre el partido y el estado; c) falta de claridad en el mecanismo de sucesión en el liderazgo y d) exceso de concentración de poder en la parte superior de la estructura de liderazgo.

Con respecto a la superposición funcional, desde que asumió en 2012 Xi ejerce un total de doce cargos. Además de Presidente de la República Popular de China y Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de China, es Comandante en Jefe del comando conjunto de batalla del Ejército Popular de Liberación. Es Presidente de tres Comisiones Centrales (Militar, Desarrollo integrado militar y civil y Seguridad nacional) y autoridad máxima de seis Grupos líderes centrales (Asuntos financieros y Económicos, Asuntos exteriores, Asuntos de Taiwán, Profundización de reformas, Seguridad informática y Defensa nacional). Es decir que posee funciones y autoridad sobre áreas que van desde política exterior hasta seguridad interna, de cuestiones financieras hasta militares.

En cuanto a la sucesión, Xi logró imponer continuidad y consenso. Promovió al Comité permanente del Politburó a cinco de los siete integrantes totales. Todos son aliados de Xi y en contra de la tradición del partido, no se ungió un heredero aparente. Así, no solamente se sabe cómo estará conformado el liderazgo chino hasta 2022. También quedó claro que Xi prepara el terreno para mantenerse en el poder más allá de los dos términos que tradicionalmente ocupan los líderes chinos. La inauguración de la nueva línea representa la culminación y consolidación del liderazgo de Xi. Pero también la concentración de su poder. Xi Jinping es hoy el hombre más poderoso de China.

Poder central

La personalización del poder ha acompañado la centralización de la autoridad. En 2016 a Xi Jinping le fue conferido el título de lingxiu (líder) “central” del país, una designación recibida por Mao, Deng y Jiang pero no por el anterior presidente, Hu Jintao. La evidencia más representativa en esta dirección fue la creación del “Pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con peculiaridades chinas de la nueva época”. En la práctica, implica que uno de los principios de política del PCC es seguir las ideas de Xi. Simbólicamente, esto equivale a haber ingresado al panteón de la inmortalidad política china. Los únicos otros líderes en tener su pensamiento propio son Mao y Deng. En la jerarquía de la nomenclatura ideológica, “pensamiento” se considera el pináculo (como tienen Mao y Xi).

En un segundo escalón está la denominación “teoría”, como en el caso de Deng. Mao logró la unificación y la independen-

cia luego del “siglo de humillación” por potencias coloniales –europea y japonesa– y guerras civiles internas. Deng abrió el país al mundo, el capitalismo y la globalización llevando a China a la prosperidad. Xi busca dar el sustento teórico del “Sueño chino de la gran revitalización de la nación china”, que hace cinco años condensó su visión para el futuro.

¿En qué consiste esa visión? Los documentos del XIX° Congreso definen el Pensamiento de Xi como “el fruto más reciente de la chinización del marxismo”, aludiendo a la “cristalización de las experiencias prácticas y de la sabiduría colectiva del Partido y del pueblo”. Pero recién comienza a estudiarse dentro de China. Luego de que la Universidad Renmin en Pekín abriera el primer centro de investigación dedicado al Pensamiento de Xi el 25 de octubre –un día después de que los 2.287 delegados del PCC votaron unánimemente su inclusión en los estatutos del Partido– en menos de diez días más de 40 universidades habían seguido el ejemplo. El pensamiento de Xi es un programa de nacionalismo respaldado por el aumento del poder militar que enfatiza la conducción del partido por encima de todo. ¿Será una especie de “America first” con características chinas?

Ya entronizado como guía de acción del PC y el pueblo chinos, el pensamiento de Xi ingresará al campo del debate intelectual; en China y en el mundo. Su solidez, validez y alcance como aporte teórico e intelectual serán puestos a prueba. La narrativa sobre China es determinante en la comprensión y composición de la realidad internacional actual. Algunos buscan el alma de China en nociones culturales; en el tradicionalismo oriental del confucianismo o del taoísmo. Otros se centran en la economía, enfatizando el componente marxista o el liberal; ya sea los niveles de intervención estatal o la apertura e integración económica. Políticamente, China es un estado socialista. Y ahí radica la riqueza del interrogante sobre el pensamiento de Xi: replantea el significado del marxismo en el siglo XXI; redefine los alcances –teóricos y fácticos– del socialismo y obliga a reconceptualizar el significado del capitalismo.

En 1980, el filósofo estadounidense John Searle publicó su argumento de la habitación china. Searle se imagina a sí mismo solo en una habitación siguiendo un programa de computadora para responder a caracteres chinos que se deslizan por debajo de la puerta. Searle no entiende nada de chino. Pero al seguir un programa para manipular símbolos y números tal como una computadora, produce cadenas apropiadas de caracteres chinos que engañan a los de afuera y les hacen pensar que hay un hablante chino dentro de la sala. Así Searle concluye que una computadora digital puede parecer entender el lenguaje pero no produce un entendimiento real. Utilizar reglas sintácticas para manipular cadenas de símbolos no implica comprender significado. Las computadoras pueden –en el mejor de los casos– simular el proceso de la inteligencia. ¿Es igual para el régimen chino? ¿Es el “Pensamiento” un aporte real? Conceptos como “sociedad modestamente próspera”, “civilización ecológica” y “comunidad de destino de la humanidad” ¿señalan la apertura del campo conceptual para responder a un mundo más ambiguo y complejo o simples etiquetas para enmascarar viejos modos de gobernanza?

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