En los medios

Clarín
15/07/17

La empresa como educadora

"La empresa debe considerarse hoy como una pieza importantísima del sistema educativo y a ella se le debería confiar completar la formación de profesionales integrales", sostiene el profesor de la Di Tella.

Por Roberto Agosta
Aprendemos todos los días de nuestra vida y, aun cuando los años que dura la educación formal son más o menos los mismos desde que ésta existe, los conocimientos se han multiplicado exponencialmente.

Hace cincuenta años, la Universidad enseñaba casi todo lo que un ingeniero necesitaba saber para ejercer la profesión. Hoy solamente podemos brindar una (esperamos) sólida formación en ciencias, los fundamentos de las aplicaciones tecnológicas, múltiples sesiones de ejercitación intelectual y poco más que un índice comentado de los temas que hay que saber para resolver los problemas de la profesión.

Siempre hizo falta creatividad e imaginación, pero la complejidad de las cuestiones actuales y la velocidad de los cambios que enfrentamos requieren cada vez más que los profesionales en general sean proactivos, innovadores, autodidactas y tengan resiliencia ante el fracaso y el manejo de las condiciones del entorno. Todo esto, en el mejor de los casos, se adquiere a través de la formación general y del ejemplo.

Si bien los occidentales nos hemos especializado en sostener la preeminencia de la persona individual, es imposible negar que una de las cosas que nos ha hecho humanos a los humanos (o sapiens a los sapiens) ha sido la capacidad de crear colectivamente.

Ciudades, religiones, universidades y empresas son el ejemplo de esta creación colectiva en las cuales un gran número de extraños pueden cooperar entre sí a condición de que compartan ciertas convicciones básicas.
En el presente, las empresas, y las empresas del conocimiento en particular, no solamente usan los saberes de sus empleados para resolver problemas, sino que fundamentalmente se apoyan en sus aptitudes y sus actitudes para, colectivamente, construir soluciones.

La construcción de estas soluciones solo puede esbozarse en la Universidad. Es en el mundo de lo práctico y lo concreto donde se elaboran las metodologías que permiten aplicar principios generales a la resolución de casos, que es en definitiva lo que esperamos de un equipo profesional.

Y esto requiere, en un curioso corso e ricorso, volver a algo así como el taller del artesano medieval en el cual maestros y discípulos aprenden unos de otros (cada vez más los maestros de sus discípulos) al generar, incrementar, conservar y transmitir los conocimientos.

La empresa debe considerarse hoy como una pieza importantísima del sistema educativo y a ella se le debería confiar completar la formación de profesionales integrales que luego no solamente fructifiquen en su estructura, sino que también pasen a formar parte de los elencos gubernamentales, de las grandes corporaciones y de las propias Universidades.

Esta es probablemente la parte más importante de la responsabilidad social de la empresa: contribuir a completar la formación técnica de sus empleados y crear en ellos hábitos y actitudes adaptadas a las necesidades actuales y futuras, mientras que conservan y gestionan el conocimiento que generan.

Hoy el desafío de la empresa es ser educadora. Esto significa ser capaz de contribuir a formar excelentes profesionales que además sean seres humanos integrales, que comprendan el mundo y vivan apasionadamente, que cultiven sus sueños, metas y planes, y que transiten la mejora permanente en su cam- po de interés profesional. Que sepan además competir de igual a igual con las grandes corporaciones, aún en el exterior, gracias a que conocen el sentido de su trabajo, saben buscar oportunidades y se encuentran motivados para dar lo mejor de sí en la convicción de que su futuro depende de ellos mismos y que lo están construyendo en el marco de la organización.

En el éxito de esta tarea, la cultura organizacional, ese conjunto de creencias, valores, actitudes y comportamientos, juega un papel clave junto con el estilo de la dirección. Si la dirección está en la búsqueda permanente de aprendizaje y mejoramiento, identificando oportunidades con dinamismo y competitividad, toda la organización respirará ese ambiente y no costará mucho conformar una verdadera empresa educadora.

El resto de las instituciones de la sociedad tienen el desafío de asumir que las empresas basadas en el conocimiento pueden ser mucho más que empleadoras y proveedoras de servicios. Las Universidades deben potenciar sus propias fortalezas y estar dispuestas a desarrollar mecanismos de complementación con las empresas, tanto en la docencia como en la investigación. Mecanismos que permitan que universidades y empresas puedan dar lo máximo cada una en su rol y que reconozcan que el período formativo comprende también varios años de rica experiencia laboral.

El Estado debe identificar y ayudar a resolver los problemas que enfrentan las empresas educadoras (que en su mayoría son Pymes) para ofrecerles un marco favorable a sus esfuerzos y contribuir a fomentar un ambiente colaborativo.

En los EE.UU., por ejemplo, las Pymes de servicios profesionales reciben en los contratos públicos el apoyo necesario para superar las dificultades crediticias que enfrentan congénitamente. Ninguna prebenda; solamente ayudar a equiparar las condiciones de competencia.

Finalmente, hoy que nuestra sociedad está preocupada por el comportamiento ético de funcionarios y empresarios, ¿cómo no pensar que es en el ámbito de la empresa donde deben estar presentes estos valores básicos que también forman parte de la culminación del proceso educativo de un profesional? 

Ingeniero. Ex Decano de la Facultad de Ingeniería de la UCA. Profesor titular de UTDT