En los medios

Clarín
30/04/17

El ahorro de los "sin banco"

El decano de la Escuela de Gobierno de la UTDT afirma, junto a la docente de la Universidad de Buenos Aires, que "si bien suele suponerse que los pobres consumen todo lo que ganan, diversos estudios muestran que los hogares de menores recursos tienen una cultura de ahorro aún más arraigada que en estratos de clase media"

Por Eduardo Levy Yeyati y Victoria Giarrizzo
En un juego financiero muy popular un grupo de personas se compromete a realizar aportes mensuales de dinero. Todos los meses, el pozo se asigna por sorteo a uno de los miembros del juego. La operación se repite tantas veces como integrantes tenga el grupo (por ejemplo: 10 integrantes, diez meses), hasta que todos se llevan un pozo.

El juego, que en Bolivia se llama “pasanaku”, en Perú “junta”, en Paraguay “rueda”, en Brasil “pandero”, en Chile “polla”, en Colombia “natillera” y en Argentina “vaquita”, es una estrategia de ahorro frecuente en sectores de muy bajos ingresos, donde los riesgos de crédito se mitigan con la familiaridad, la confianza y la cooperación de sus participantes. Un ejemplo no bancario de la llamada “banca de relacionamiento”.

Si bien suele suponerse que los pobres consumen todo lo que ganan, diversos estudios muestran que los hogares de menores recursos tienen una cultura de ahorro aún más arraigada que en estratos de clase media: se imponen metas de ahorro con mecanismos de autoexigencias sencillos pero rigurosos, donde el objetivo no es buscar la opción más rentable o segura sino la que más los comprometa a cumplir. Como en el pasanaku, donde, por cercanía y solidaridad, es inusual que un miembro defaultee al resto.

Psicología del ahorro

En una encuesta reciente que realizamos en marzo pasado entre 120 habitantes de la Villa 31 y del barrio Los Piletones, dos asentamientos precarios de la Ciudad de Buenos Aires, el 85% sostuvo que el ahorro es clave en su familia, y el 62,5% declaró haber ahorrado en los últimos tres meses. Las familias ven en ese ahorro, por pequeño que sea, una forma de progreso. El 43,3% de los jefes y jefas de las familias encuestadas ahorra rutinariamente; el 19,2% lo hace intermitentemente y con dificultad; el 24,2% lo hace cuando puede. Solo un 13,3% declara no ahorrar nunca o no pensar en guardar dinero.

Pero más que la conducta en sí, lo que sorprende son los montos atesorados: en promedio, el 26% de sus ingresos, o 2.650 pesos por mes (4.000 pesos por mes, si se toma sólo a quienes declararon ahorros). Una suma que no es menor para familias que tienen un abanico inmenso de necesidades insatisfechas.

Estos ahorros son todavía más elevados si les sumamos el dinero colocado en el pasanaku, que, por sus características, representa para los encuestados una operación ambigua no registrada ni como deuda ni como ahorro.

Es precisamente este “juego” el que mejor revela el comportamiento de ahorro de estos hogares. En términos financieros, es fácil mostrar que en la Argentina inflacionaria lo más rentable es llevarse el pozo en las primeras rondas. De hecho, se suele incluir como premio al organizador del juego, que retira el pozo el primer mes, obteniendo una suerte de crédito a tasa cero. Pero, aun entendiendo esto, más de la mitad de los participantes prefiere los últimos turnos, por dos motivos: el fortalecimiento del incentivo a ahorrar y la sensación de obtener el dinero sin necesidad de incurrir en deudas (dos sesgos de comportamiento que dan para una discusión de la psicología del ahorro, que agendamos para una futura columna).

El ahorro de los pobres ocurre fuera del sistema bancario. Según nuestra encuesta, sólo dos de cada diez individuos ahorraron alguna vez en el banco (hoy lo hace uno de cada diez); en cambio, más de la mitad ahorra en efectivo en el hogar, y un cuarto lo hace en materiales para la construcción, exponiéndose al sobrecosto de las compras hormiga, al deterioro físico o al hurto. De hecho, el 90% de los encuestados sostuvieron que la mejora o extensión de la vivienda es el motivo central del ahorro.

Y, así como hay cultura del ahorro precario, también hay cultura del financiamiento usurario, con prestamistas que cobran del 20 al 30% mensual a personas excluidas del crédito bancario por falta de ingreso certificado (el 72,3% de los encuestados trabaja en negro y cobra sin recibo).

Nuevo instrumento de inclusión financiera

La alta propensión al ahorro de los hogares vulnerables y la precariedad de su menú de opciones enfatizan la necesidad de diseñar instrumentos de inclusión financiera verdadera, es decir, una que contribuya al progreso social de los nuevos hogares incluidos.

Un ejemplo de esto es el sistema de ahorro programado para la vivienda que diseñamos recientemente para el Banco Ciudad y CIPPEC. El instrumento, denominado “Caja Ladrillo” y orientado a poblaciones vulnerables, propone que la familia ahorre en un plazo fijo bancario por un período mínimo para demostrar su capacidad de pago. Cumplido el plazo, el banco habilita una línea de crédito por un monto proporcional a lo ahorrado, para usar en negocios de materiales de la construcción. De este modo, contribuye a abaratar el costo de autoconstrucción y a generar historia de crédito para personas hoy excluidas.

El sistema suena bien en papel, pero enfrenta desafíos prácticos. El primero de ellos es llevar a la gente al banco: muchos tienen malos recuerdos porque quisieron abrir cuentas y no les permitieron, o pidieron préstamos y no les dieron, o los ilusionaron con ofertas que no se materializaron. Para eludir este obstáculo, las llaves son una buena educación financiera y una comunicación clara, sencilla y creíble del instrumento.

El segundo desafío tiene que ver con el costado moral de la propuesta: el instrumento debe ser rentable para el banco (para ser sostenible en el tiempo) y, sobre todo, debe ser beneficioso para el usuario, ofreciendo una tasa interés atractiva al momento de ahorrar y demandando una tasa razonable al momento de prestar. Y, además, debe tomar en cuenta los beneficios sociales, no financieros, de extender la frontera del crédito a hogares históricamente excluidos. Algo que la banca pública, por su naturaleza, está en condiciones de hacer.

Es precisamente allí donde la inclusión financiera encuentra su razón fundacional: encontrar los caminos prácticos que la hagan beneficiosa para ambas partes.