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2/05/17

Leyes antiguas para un mundo nuevo

Para el profesor de Relaciones Internacionales de la Di Tella, "políticas como el apaciguamiento, el aislamiento y la colaboración muchas veces pueden impedir una crisis coyuntural en el corto plazo, pero no garantizan la resolución del conflicto de fondo"

Por Mariano Turzi
Uno de los momentos más peligrosos en los asuntos internacionales ocurre cuando las grandes potencias buscan recuperar el poder perdido y los actores que buscan tenerlo deciden que es su momento de hacerlo.

Luego de 2009, actores estatales (Rusia, China, Irán, Corea del Norte) y no estatales (ISIS) se convencieron de una declinación de los Estados Unidos y un abandono de su voluntad de primacía global. Se envalentonaron bajo la suposición de que Washington no podía o no quería ejercer el liderazgo político y militar a escala mundial. Lo confirmaban los recortes del presidente Obama al presupuesto, una fórmula diplomática que buscaba “liderar desde atrás”, una preferencia por iniciativas multilaterales como el cambio climático, la predilección por la institucionalidad internacional, el diálogo y el poder blando.

Corea del Norte llevó a cabo cuatro pruebas nucleares, aumentó sus lanzamientos de misiles (once en total, cuatro sólo en 2017) y alardea sobre la destrucción nuclear de Occidente. Rusia violó el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio y absorbió fronteras de antiguas repúblicas soviéticas. Irán ha incluso acosado barcos estadounidenses en el Golfo Pérsico, al tiempo que China construía bases en las islas del Mar del Sur de China. El Estado Islámico mató a miles de personas en Siria e Irak, a la vez que perpetró atentados en Occidente: según el Índice de Terrorismo Global 2016, 21 de los 34 países de la OCDE sufrieron un atentado en 2015. Las acciones militares llevadas a cabo por los Estados Unidos en la últimas semanas no son el principio del caos sino una respuesta a un mundo crecientemente caótico. Sea que nos gusten o no, nos recuerdan algunas lecciones inmanentes del uso de la fuerza en los asuntos globales:

- Uno: los pronunciamientos utópicos impresionan sólo a las élites globales y los medios de comunicación internacionales. No significan nada para los Estados revisionistas del sistema, que saben que los imperios se desafían no en los púlpitos sino en los campos de batalla. Y se los vence con ofensiva efectiva más que con oratoria elegante. Los plazos, ultimátums y líneas rojas deben respaldarse con un uso de la fuerza creíble y contundente. De lo contrario, alientan el desafío de rivales e invitan a la agresión.

- Dos: el uso de la fuerza es un instrumento irrenunciable del poder los Estados. Y la guerra es un acto político. Para Clausewitz, era la continuación misma de la política por otros medios. En el mundo de hoy, los actores parecen creer cada vez más en la fuerza y cada vez menos en los elementos que pretendían reemplazarla o restringirla. Escuchamos los términos “misiles”, “amenaza” y “nuclear” mucho más frecuentemente que “ONU”, “instituciones” o “paz”. Esto no quiere decir que el mundo se encamina inevitablemente a una Tercera Guerra Mundial. Sino que en el desorden mundial contemporáneo, los estados están confiando cada vez más en su poder propio.

- Tres: los poderosos utilizarán cada vez más la fuerza para disuadir, aunque las élites progresistas y liberales cosmopolitas se horroricen. Los intelectuales globalizantes desprecian la guerra como un acto barbárico o la suponen el resultado de un belicismo primitivo. A la vez, ensalzan los acuerdos como la cúspide de la racionalidad y la civilización.

Políticas como el apaciguamiento, el aislamiento y la colaboración muchas veces pueden impedir una crisis coyuntural en el corto plazo. Pero no garantizan la resolución del conflicto de fondo. Estados Unidos aumentó en 2016 su gasto militar un 1,7%, China en 5,4%, Rusia 5,9% e India 8,5%. Para la visión realista de las relaciones internacionales, es preferible ser ridiculizado por prevenir que ser alabado mientras se aumenta la vulnerabilidad y la indefensión.

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