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18/02/17

El lenguaje de Trump en el huevo de la serpiente

El Profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella "la agresividad en el lenguaje solo conduce a la agresividad en los hechos. Es el primer paso de populistas y de totalitarios contra la sociedad abierta que tanto detestan"

Por Eugenio A. Marchiori

En su ensayo “El idioma analítico de John Wilkins”, Jorge Luis Borges especula acerca de los límites del lenguaje. A partir de varias citas, nos introduce en los laberintos de la lengua hasta llegar a la conclusión de que todos los idiomas del mundo son “igualmente inexpresivos” porque se pueden emplear para expresar tanto lo real como lo ficticio. Ese ensayo inspiró a Michel Foucault a escribir Las palabras y las cosas. El filósofo francés encuentra fascinante cómo ese “no-lugar” que es el lenguaje sirve para reunir lo fantástico con lo objetivo. En otras palabras, con el lenguaje se construyen –entre otras cosas– los cambalaches que plasmó en poesía urbana el genial Discepolín.

Esta posibilidad especial de aunar lo existente y lo imaginario convierte al lenguaje en una herramienta potente para crear la realidad social. Dada su presencia perpetua en nuestras vidas, no debería sorprendernos que también discriminemos por medio del lenguaje. La cualidad de ser un no-lugar donde la imaginación goza (debería gozar) de libertad total es lo que nos diferencia del resto de las especies. Esa misma condición facilita la creación de categorías –reales o no– para clasificarnos a nosotros mismos y a los demás.

Asignamos atributos arbitrarios con los que fundamos nuestros prejuicios. Estigmatizamos a nuestros semejantes, creamos estereotipos como una manera de simplificación de la realidad para comprenderla sin esfuerzo. Por pereza o por temor, tendemos a no dedicar el tiempo y la energía que requiere conocer a los individuos únicos e irrepetibles que componen cada grupo.

Asimismo, dentro de un mismo idioma hay palabras que se interpretan de forma distinta según el origen cultural de cada uno. Hay otras palabras que, en cambio, carecen de ambigüedad, palabras que son comprendidas de la misma forma en cualquier parte. Cuando el presidente de Estados Unidos –tal vez el hombre más poderoso del planeta– dice que toma a las mujeres por la c…, o cuando asocia a los mejicanos con violadores y ladrones, o cuando afirma que va a cerrar sus fronteras al ingreso de refugiados –solo por pertenecer a países de mayoría musulmana– para combatir al terrorismo, todos entendemos a qué se refiere.

Es fácil demostrar la falsedad de sus expresiones, ya que una sola mujer que no se deje manosear, un solo mejicano que no sea violador o un solo musulmán que no sea terrorista es suficiente para que las trampas dialécticas de Trump queden expuestas. A pesar de eso, la mera asociación entre los sujetos discriminados y su atributo fijará la mentira en la mente de distraídos y de incautos.

La agresividad en el lenguaje solo conduce a la agresividad en los hechos. Es el primer paso de populistas y de totalitarios contra la sociedad abierta que tanto detestan. El lenguaje puede transformarse en el contenido del huevo de la serpiente. Ojalá que la interconexión actual de la humanidad impida –como ya ocurrió en otros momentos de la historia­– que el reptil nazca para hincar sus colmillos en la piel de tantos inocentes.

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